Reseña del libro «Los estados de la materia. Relatos de artistas trabajando» de Arturo / fito Rodríguez.

«Materia» es una palabra de amplia polisemia. Como concepto físico se refiere a todo aquello que se puede interrogar utilizando algún instrumento de medida. Resulta al parecer inagotable a ese respecto, ya que no dejamos de inventar nuevos instrumentos y obtener nuevas medidas de magnitudes neonatas. Parece que la materia posee energía, que la condensa o produce, o que es su producto, no lo tengo claro. Hay materia oscura y anti materia. Ni idea tampoco de qué puedan ser estas dos cosas. Sabemos también que la materia posee diferentes estados: Bose-Einstein, sólido, líquido, gaseoso y plasma, más los intermedios (los geles, las emulsiones, las espumas, etc.) y que es posible hacerla pasar de unos estados a otros. Me parece una buena elección literaria esta idea de conectar los estados de la materia a la materia en cuestión de estos relatos, que es, sin duda, el arte mismo, desde la subjetividad total de los artistas que lo hacen o lo piensan. Los estados de la materia funcionan bien como metáfora de esos diferentes estilos de relación de los artistas con el arte, con las obras de arte, con los materiales de las obras y con otros artistas. Los artistas pueden tener carácter sólido, líquido o gaseoso. Como sus obras. El subtítulo apunta, obviamente al interés de Arturo f. Rodríguez por los procesos del arte en el plano psicológico, por las ideas que actúan en las mentes de los artistas, antes, durante, después e incluso al margen de sus obras. Denota su interés en los gerundios del arte (pensando, haciendo, trabajando, divagando, fantaseando, concretando, materializando, etc.) más que en los participios.

Creo que A. fito Rodríguez emprendió este proyecto narrativo con una disposición evidente a no rehuir la complejidad de la materia que es, como va dicho, el trabajo del artista contemporáneo, la personalidad del artista en relación a su trabajo (y viceversa). Una materia narrativa que conoce bien, por fuera y por dentro, superficial y profundamente, ya que el autor mismo es artista. Pienso que no rehuye las paradojas insolubles de esa relación entre artista y obra, ni la tendencia a los extremos y por tanto a los abismos conceptuales y prácticos de sus colegas. Su disposición es a no censurar, a no juzgar, a simpatizar en principio con todos estos neuróticos. Rodríguez captura dinámicamente los procesos de pensamiento de estos artistas en relación al trabajo estético, los que caracterizan e individualizan a cada artista y que se revelan completos casi al final de cada relato, completos por abiertos de nuevo, completos no como finales sino como principios. Advierto en esa disposición del narrador hacia sus personajes más luz que sombra, más idealismo que cinismo. Por sus personajes interpuestos (reales y/o ficticios) creo que Arturo juzga como finalmente gloriosa la aventura del arte contemporáneo. Uno de ellos, por ejemplo, coloca en el centro de esa galaxia del arte al astro conocimiento. De ser cierto, estaríamos absueltos de nuestro arte, todos o casi todos los artistas, incluidos los malos.

Hay querencia y ternura por esa clase de artistas que triunfan fracasando, que triunfan sobre sí mismos, que alcanzan trabajosamente y con harto esfuerzo interno un verdadero cambio de estado, aunque lo que trascienda en público sea más bien el fracaso (¡qué injusticia!). O sea que yo aprecio algo de literatura de perdedores en estos relatos-retratos, en este conjunto de perfiles de artista. El reflejo especular de esta clase de artista que Fito retrata varias veces desde diferentes ángulos subjetivos, es ese otro artista, también interesante, inseguro a pesar del triunfo o precisamente por haberlo alcanzado ya. Ningún estado es permanente ni necesariamente contiguo a otros, por arriba o por abajo. No es necesario liquidarse, se puede pasar directamente de sólido a gaseoso, es decir, sublimar. Y también al contrario, se puede pasar de plasma a sólido, y ese sólido arrojarlo como proyectil.

Los contextos profesionales y vitales de estos artistas en crisis representarían, si acaso, los personajes más negativos de los relatos de Fito. Me refiero a esos personajes corales que son el sistema del arte, el capital o el mercado y que aquí se presentan como imbatibles, ya que se imponen y triunfan en el gran juego, justo después y al final de todo, pareciendo derrotados pero sólo para infligir el golpe definitivo, como en las películas de la mafia, y volver a erigirse en los amos (así por ejemplo en el relato titulado Indemnización). Recuperando centuplicados los activos provisionalmente dejados en manos de estos traviesos.

El estilo del texto, la forma del significante literario, es coherente a todo el asunto. Esas digresiones íntimas de los artistas, presentados como conciencias casi puras, inmateriales, incorpóreas, que evolucionan dialécticamente, que producen tesis, antítesis y síntesis, sin pausa ni descanso, que son retratadas por Fito en los instantes decisivos de las cuestiones cardinales de su elección estética. Lo que se resuelve formalmente mediante abundante y continuo caudal de conceptos y matices. Digamos que no hay abstracción sin pincelada matizante. Que no hay universal al que se no se haga virar en una dirección insospechada. Y así ocurre que los relatos de este libro no rehuyen el nivel de la metáfora y alcanzan, a ráfagas, pero con facilidad, el de la alegoría.

El estilo de Fito tiende, en definitiva, al estado de Bose-Einstein, que se puede obtener únicamente en las condiciones controladas de un laboratorio. Mucha materia en poco espacio. Y a un precio muy asequible.

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