Pero, ¿escribimos? Escritura conceptual: Aproximación II

En mi artículo precedente, planteé y me pregunté por el concepto de escritura asémica con el fin, si bien de no establecer una conclusión, sí al menos dejar clara mi postura en relación con —si se debe o no tener en cuenta— la taxonomía de escritura asémica y si esta tiene sentido. Este primer paso era necesario para poder seguir lanzando aproximaciones a la escritura conceptual, porque esa es mi intención aproximar, acercar, con el fin de mostrar el poliedro en constante evolución que es toda teoría. De esta forma, al plantear que la escritura asémica no tiene lugar —pues todo posee semánticamente significado— aterricé en otra duda, ¿es escritura la escritura conceptual? Probemos.

Mirta Dermisache desarrolló una obra caligráfica a través de «escrituras ilegibles» —que no asémicas—, término acuñado por Roland Barthes, quien en 1971 manifestó gran interés por su trabajo y destacó su capacidad de alcanzar la «esencia de la escritura». Dermisache se interesó especialmente por la capacidad editorial de sus obras como una forma de preguntarse por la idea de originalidad.

Esencia de la escritura

Como leemos en Márgenes de la filosofía de Jacques Derrida, «si se recibe la noción de escritura en su acepción corriente —lo cual sobre todo no quiere decir inocente, primitiva o natural—, es necesario ver en ella un medio de comunicación» [1]. Es más, Derrida apunta a la escritura como un poderoso medio de comunicación que amplia, casi se diría que infinitamente, el campo de esa comunicación, ya sea esta oral o gestual. Sin embargo, prosigue Derrida, esta definición a primera vista lógica y ampliamente consensuada resulta banal pues presupone que el espacio de la comunicación es homogéneo [1] lo que convertiría a la escritura en algo accidental en lugar de estructural.

Derrida matiza, redefine, completa esta definición y da tres predicados esenciales que pueden ser resumidos del siguiente modo. Un primero que establece que un signo escrito es una marca que permanece «que no se agota en el presente de su inscripción y que puede dar lugar a una repetición en la ausencia y más allá de la presencia del sujeto empíricamente determinado que en un contexto dado la ha emitido o producido» [2]; es lo que distingue la «comunicación escrita» de la «comunicación oral». El segundo predicado describe cómo un signo escrito «comporta una fuerza de ruptura con su contexto, es decir, el conjunto de las presencias que organizan el momento desde su inscripción» [2], siendo esta ruptura la estructura misma de lo escrito. Aquí diferencia dos contextos, el real (presente, presencia del escritor, su contexto, su experiencia, su lisibilidad); y el semiótico e interno que nos permite tomar «un sintagma escrito fuera del encadenamiento en el que está tomado o dado, sin hacerle perder toda posibilidad de funcionamiento», toda posibilidad de comunicación, dicho de otro modo, ningún contexto puede cerrarse sobre él, lo que permite su repetición y alteridad. Por último, el tercer predicado nos habla de la escritura como espaciamiento; no solo espaciamiento que la separa de los otros elementos de la cadena textual, sino también de espaciamiento temporal y espacial, objetivo y subjetivo que le dota de su propia idiosincrasia [2].

Esta concepción de una escritura que rechaza ser solo una función comunicativa también es expuesta por Roland Barthes en su ensayo Variaciones sobre la escritura, en el que considera la escritura como un procedimiento que va más allá de fijar el lenguaje articulado. Por tanto, la escritura que plantea Derrida, y la que Barthes reconoce en las obras de Mirtha Dermisache, se aleja de la lingüística tradicional aunque ello no significa que no sea escritura, si no que, como ya hemos visto, la connotamos como algo estructural y no meramente accidental. Es más, la escritura jamás ha constituido un sistema que ponga en práctica una lógica unívoca, sino que, movida por un impulso de necesidad, puede llegar a amalgamar varias lógicas distintas desembocando en un sistema muy complejo [6]. Las obras de Dermisache son así, y en palabras de Jorge Romero Brest, «escrituras insólitas, en un juego dialéctico entre lo real y lo imaginario» [3].

Escrituras insólitas

En una entrevista realizada en 1970 por Edgardo Cozarinsky para la revista Panorama [4], Dermisache describe como algo fortuito el comienzo de sus grafías, como algo surgido de una necesidad de expresión que se desarrolló en una metodología «que derivaba en la formación de signos de tipo lingüístico, y que, sin embargo, se trataba de un lenguaje que escapaba al logos» [5]. Este lenguaje, no obstante, como advierte la misma Mirtha, plantea un problema de códigos diferentes al no ser entendido por quien lo lee y hace que «el mismo acto de escribir se presente como una quimera» [3], como una «pulsión por una expresión casi primaria y a la vez reglada, un lenguaje que no dice, pero parece decir, destinado a un lector que deberá encontrar su propio modo de leer y su experiencia singular (un sentido)» [5].

Ella escribe

La obra de Mirtha Dermisache, ojalá se haya podido intuir en el reducido espacio que tenemos, va más allá de la única función comunicativa, es espaciamiento, es estructural y para nada accidental, no posee un logos unívoco, y se lee; es, por tanto, un acto de escritura que se expande a través de un código que va más allá de lo meramente lingüístico siendo las lectoras y los lectores quienes determinan su sentido y significado. Como lenguaje escrito, permite separar sus signos, sus elementos, manipular su orden y desarrollar así formas silogísticas de razonamiento [8]: «Lo que yo quiero es darle a la gente un territorio de libertad», decía Mirtha [5].

Ese territorio nos llegaba en forma de escritura. El texto que dio lugar al título de la retrospectiva que el MALBA* le hizo en 2017 [Sin título (texto), ca. 1970-1973] comienza con una grafía casi ilegible pero dentro de la que se puede entreleer la frase «porque ¡yo escribo!». Hacia la mitad del mismo, entremezcladas con lo ilisible, las palabras «yo escribo». Finalmente, clara, absoluta, categórica y contundente, encontramos y leemos la frase: «Pero ¡por Dios! No se dan cuenta que yo escribo?», tras ella, la firma de la artista [5].

Imagen: Detalle exposición Mirtha Dermisache. Porque ¡yo escribo! MALBA (2017).

Referencias:

[1] Derrida, Jacques (2013) Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra, p 351.

[2] Ibidem, pp. 358-359.

[3] Catálogo (2017) Mirtha Dermisache. Porque ¡yo escribo! Buenos Aires: MALBA y Fundación Espigas.

[3] Gache,Belén (2017) «Consideraciones sobre la escritura asémica: el caso de Mirtha Dermisache», en Catálogo Mirtha Dermisache. Porque ¡yo escribo! Buenos Aires: MALBA y Fundación Espigas.

[4] Cozarinsky, Edgardo (1970) «Un grado cero de la escritura», Panorama, Buenos Aires, año VII, n.º 156, abril de 1970, p. 51. El pasaje aludido se cita en la cronología incluida en esta publicación, pp. 259-261.

[5] Pérez Rubio, Agustín (2017) «Metodología para una libre expresión» en Catálogo Mirtha Dermisache. Porque ¡yo escribo! Buenos Aires: MALBA y Fundación Espigas, 2017.

[6] Barbier, Frédéric (2005) Historia del libro. Madrid: Alianza, pp.18-19.

[7] Barthes, Roland (2002) Variaciones sobre la escritura. Barcelona: Paidós.

[8] Goody, Jack, (1985) La domesticación del pensamiento salvaje. Madrid: AKAL.

*Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.

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