Algunas paradojas de lo local. Por Rubén Díaz de Corcuera.

Mezcla de los rostros

Lo local no es un “a priori”, una realidad primaria o un dato preexistente. Lo local vino de otra parte, se resistió a la fosilización siempre y está buscando actualmente, igual que en el pasado, deslocalizarse. Lo local no es sino una provincia de lo universal, palabra cien veces preferible, en mi opinión, a la de global.

“Si quieres ser universal, decía Tolstoi, habla de tu aldea”. Maese Shakespeare no fue, en ese sentido, sino un modesto dramaturgo local de una ciudad de algo más de cien mil habitantes. Un actor que, sin darse importancia, representaba las obras según las escribía, en dependencia directa del pequeño teatrillo de Londres, el Globe Theater, del que era socio (un local con un aforo no superior a las tres mil personas). Albert Einstein, por su parte, desarrolló la teoría de la relatividad (aquella que explica cómo y por qué se atraen entre sí las masas y que establece la exacta equivalencia entre masa y energía) en el magro tiempo libre que le dejaba su mediocre trabajo en la oficina local de patentes de Berna, la ciudad de 60.000 almas en la que residía. Lo local, diríamos, no es sino la condición geográfica necesaria del deseo de volar más alto o de ir más lejos.

Lo peor de ser local es el complejo. Si te acomplejas, pereces. Si te acomplejas, una de dos: o te deprimes y abandonas, o te largas, te alejas de tu ciudad o país, para pasarte entonces la vida de localidad en localidad, no encontrando sino lo local en todas partes. Lo local de New York, Berlín, París o Tokio. Para regresar al final, muchas veces, a tu patria chica, donde se trata a menudo de rentabilizar el esfuerzo, de recuperar la inversión realizada, acomplejando, de paso, a los fastidiosos “agentes locales”.

Lo universal o global, en definitiva, no es sino la suma de lo que muchas veces solo puede darse a conocer, en primera instancia, a las pocas y locales amistades, a las pocas entendidas y a los pocos aficionados locales a los que se haya logrado interesar en nuestro modesto trabajo cultural o científico, a la espera de algún reconocimiento quizá mayor, quizá futuro. O, incluso, sin esperanza. Pues realizar alguna aportación al inmenso y venerado repositorio de lo imaginario que es la cultura, se considera en sí mismo una recompensa. Y de hecho, será muchas veces, la única recompensa con la que podrá soñar el autor, recompensa de la que disfrutará, por tanto, solo como parte de ese mismo imaginario al que creerá haber contribuido con su obra, erróneamente la mayoría de las veces.

Dicho de otro modo, la cultura no es sino aquello en nombre de lo cual el escritor Max Brod traicionó la última voluntad de su amigo Franz Kafka, que era, como es bien sabido, hacer que ardieran todas las cartas, novelas o cuentos suyos, destruir todos los escritos salidos de su pluma, inéditos la mayoría. ¡Qué paradoja! ¡Que el último y sincero deseo de Kafka, esa explícita petición realizada por escrito a su albacea testamentario fuese precisamente desaparecer del todo, no legar nada a la cultura, haber conseguido que las obras del gran Kafka, incluida aquella petición de olvido infinito, no hubieran sido escritas nunca! Morir sin posibilidades póstumas, como si Franz Kafka no hubiera existido o como si Franz Kafka solo hubiese sido un Franz Kafka cualquiera, irrelevante y anónimo.

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