La cultura en Alphaville. Imaginario y control en la sociedad vigilada. Pablo M. Garrido.

Este artículo tuvo parte en las jornadas AKME 2016. Crítica y Contracultura en la UPV/EHU. Ruego disculpas de antemano por el formato académico dentro de este blog, más desenfadado. He hecho lo posible por adaptarlo. Nabú, Sheshat, Tot, Itzamná, San Frascisco de Sales o cualquiera sea la deidad o energía representante de la escritura, me perdone.

 

En la película de Jean Luc Godard Alphaville (Godard, 1965) muestra un planeta ficticio donde una máquina que todo lo sabe se ha convertido en el mismo centro de la sociedad. Todos los mecanismos de registro y vigilancia han dado el poder al superordenador Alpha 60 para someter a la población a un orden computacional.

La antigüedad de esta película realizada en los años sesenta no impide encontrar en su argumento evidencias con nuestro tiempo. Nos sitúa en una realidad política en la que la gestión de la información define la capacidad de beneficios de la administración capitalista del mundo. Para ello, la industria digital prescinde, al igual que otras formas de capitalismo más tradicionales, de cualquier política social que impida su crecimiento exponencial. Poco a poco nos damos cuenta de cómo el mecanismo de almacenamiento de la información se va volviendo más sofisticado.

En la dictadura de las máquinas no hay lugar para el ser humano, impulsivo por naturaleza. Es por ello que nos vemos obligados a replantearnos la capacidad democrática de Internet, un canal de recopilación de datos movido por la exaltación de la técnica y la avaricia de las principales industrias de la red.

Para este artículo propongo nombrar a este mecanismo Alpha 60, como el antagonista de Alphaville. Una forma de dar identidad e imagen a ese monstruo alimentado por nuestra interacción que nos vigila y estudia.

 

Lo maquínico en lo humano

Ya que hemos decidido actuar contra el Alpha 60 del mundo real, sería necesario considerar a este sistema un enemigo de la utopía de libertad y respeto al planeta a la que como seres humanos deberíamos aspirar. La máquina de control, elaborada a su vez por el ser humano, se concibe como un instrumento al servicio de la autoridad y ansia de acumulación característica de nuestra especie. Adaptando así los procesos de producción y control a los intereses de una élite. Pero tal vez podríamos replantearlo desde otro punto de vista. Tal vez lo que ocurra en realidad es que, como consecuencia de haber construido un ecosistema computacional, el ser humano se haya adaptado a los modos de hacer de las máquinas. Máquinas que trabajan sin cesar, produciendo sin fin, sin ética.

Es más. También sería posible que esa élite invisible que cree controlar el sistema —a la que no sabemos poner cara—  esté siendo controlada por este. O como dice Víctor del Río: «La máquina también manda, y cuando lo hace resulta despiadada. De modo que no podemos dejar de pensar que la jerarquía de las máquinas nos afecta y sentir el miedo fantasioso de que ese mando nos convierta en sus siervos. Es muy fácil encontrar en ellas la dialéctica del amo y del esclavo, puesto que parecen serviles, pero por esa lógica perversa, también son las amas del trabajo de los humanos» (del Río, 2015: 19).

¿Podría decirse que el capitalismo es el resultado de un algoritmo, de un desarrollo intelectual realizado por las máquinas en virtud de la macroproducción y el desgaste sin piedad de los recursos naturales? A fin de cuentas, el resto de ámbitos en los que el sistema se desarrolla se entiende a través de las máquinas: la vigilancia, la información, la comunicación, la educación… Por poner un ejemplo práctico, dentro de nuestra civilización actual, incluso las relaciones sociales se han llegado a adaptar al modelo de producción continua. Tal es el caso de que la imperiosa tendencia a la visualización ha generado un campo de batalla por el rating en las redes sociales. Es decir, el reconocimiento social es legítimo si nuestras intervenciones obtienen la mayor cantidad de visualizaciones, likes, retweets… El éxito de un mensaje, así, se define en su capacidad de propagación. A mayor audiencia, mayor interés tendrá nuestro discurso. Ni que decir tiene que a este sistema de producción social nada le interesa la calidad de lo contado. Aquello que tiene calidad, sin audiencia, no tiene calidad.[1]

 

Las tecnologías mediáticas

Pero para encarar la batalla contra Alpha 60, es necesario que conozcamos a nuestro enemigo en profundidad: cómo piensa, qué le interesa, cuáles son sus instrumentos y cómo los usa… En Alphaville, vemos cómo el ordenador controla los comportamientos a través de cámaras y encuestas. El Alpha 60 tiene sentidos y un raciocinio lógico, como un cerebro que interpreta la información recogida por los ojos. Pero también controla a la población gracias a su sistema, al que los habitantes se han adaptado y ellos mismos se someten.

El Alpha 60 de nuestra realidad tiene estos sentidos y muchos más. Sistemas que podríamos definir como tecnologías. Me gusta bastante el tríptico con el que Lev Manovich desglosa las tecnologías mediáticas, aquellas cuyo fin a mi juicio es mediar entre nosotros y la realidad. Él plantea estas tecnologías en tres ramas que se complementan unas a otras: tecnologías de registro, de representación y de comunicación (Manovich, 2005: 220-223).

En su libro El lenguaje de los nuevos medios de comunicación: la imagen en la era digital, Manovich toma de ejemplo las últimas décadas del siglo XIX, época en la que se inventaron muchas de las tecnologías mediáticas modernas, hecho que «permitió el registro de imágenes fijas de la realidad visible (la fotografía) y del sonido (el fonógrafo), así como la transmisión en tiempo real de imágenes, sonidos y texto (el telégrafo, la televisión, el fax, el teléfono y la radio)» (Manovich, 2005: 220-221). Estas tecnologías generarían todo un abanico de posibilidades creativas que llegarían después. En el caso del cinematógrafo destaca la anécdota de su utilidad inicial: los hermanos Lumière lo utilizaron como mera herramienta de registro, generando práctica de archivo. Así se generó toda una industria alrededor de este invento con el fin de registrar todo el planeta en imágenes en movimiento. Este archivo de hecho destaca en una imagen común del colonialismo, pues se había generado la tendencia de que técnicos del cinematógrafo viajaran por todo el mundo ilustrando las raras costumbres de las culturas exóticas en creciente transformación por la presencia occidental. Esta anécdota ilustra muy bien cómo las tecnologías de registro de la imagen están íntimamente ligadas a la representación de ideas y valores.

En adición es importante que relacionemos estas tecnologías de registro y representación con las tecnologías de comunicación. Aquellas que se desarrollaron paralelamente a las otras con el fin de transferir información, cuya tendencia a la inmediatez llevaron a la invención de dispositivos que se pueden identificar según Manovich por todo aquello que comienza por el prefijo –tele: el telégrafo, el teléfono, la televisión, la telepresencia… Y cabría destacar que en algún momento, estas tecnologías de la comunicación se verían, según él, «subordinadas a las tecnologías de la representación» (Manovich, 2005: 222). Este hecho se haría más que evidente con la llegada de Internet y su capacidad comunicativa y de intercambio de información, en la que la propagación de imaginario adquiere ubicuidad y mayor velocidad de transferencia.

De esta manera se comprende la relación de las tecnologías mediáticas con el concepto del Big Data. Es decir, es clara la importancia en este sistema de las tecnologías de registro, cuyos dispositivos están en todas partes: smartphones, torretas de telecomunicación, videocámaras, sensores de presencia, de movimiento, de humedad… Alpha 60 posee una gran cantidad de aparatos sensores mediante los cuales registran todas las intervenciones que pueden llegar a realizar en nuestro día a día. Y las capacidades de telecomunicación permiten que la información sea ubicua, que viaje a alta velocidad y que, aunque se encuentre en lugares lejanos, se pueda acceder fácilmente al registro. Como una araña que recibe la leve vibración de un mosquito atrapado en la red.

 

Vigilancia, imaginario y realidad

Otro análisis interesante sería el que realiza Hito Steyerl acerca de los esquemas de representación (Steyerl, 2014: 15-32). Si bien dice que tradicionalmente estos esquemas han ilustrado los focos de atención que han seguido sus coetáneos —el centralismo del punto de fuga y la perspectiva lineal renacentista o la inestabilidad del horizonte en las pinturas de Turner—, explica cómo el horizonte dejó de ser el centro de atención en el siglo XX, como bien ilustra el arte: «el cine complementa a la fotografía con la articulación de diferentes perspectivas temporales. El montaje deviene un dispositivo perfecto para desestabilizar la perspectiva del observador y quebrar el tiempo lineal. La pintura abandona ampliamente la representación y demuele la perspectiva…» (Steyerl, 2014: 24).  Además de los avances tecnológicos de la visualidad, en los que podemos tener en cuenta las imágenes captadas desde el espacio así como el consecuente mapeo a vista aérea de Google Maps —y otros mapas—, nos encontramos ante un número cada vez mayor de vistas aéreas de todo tipo. «Mientras que todos estos progresos se pueden describir como característicos de la modernidad, los últimos años han visto la saturación de la cultura visual por imágenes de vistas aéreas de origen militar y de la industria del ocio» (Steyerl, 2014: 24), afirma Steyerl y añade: «La navegación aérea expande el horizonte de comunicación y los drones vigilan, monitorean y matan. Las nuevas características de las vistas aéreas son explotadas, especialmente en el cine 3D, escenificando vuelos vertiginosos hacia el abismo» (Steyerl, 2014: 24). Un abismo que Steyerl interpreta como una pérdida de horizonte característica de esta visualidad aérea y fragmentada. Todo un cambio de paradigma, según cuenta la cita que Steyerl recoge de Thomas Elsaesser en su texto: «…las imágenes estereoscópicas y las películas de 3D son parte del nuevo paradigma, que está convirtiendo nuestra sociedad de la información en una sociedad de control y nuestra cultura visual en una cultura de vigilancia. La industria cinematográfica, la sociedad civil y el sector militar están unidos en este paradigma de vigilancia» (Steyerl, 2014: 25).[2]

https://i.ytimg.com/vi/nRb-krhsHpQ/maxresdefault.jpg
Imagen del famoso videojuego GTA San Andreas, durante la misión en la que aprendemos a manejar el helicóptero militar.

¿Y dónde quedaría en este sentido la peligrosidad del control y la vigilancia? Pues bien, la clave reside en las imágenes generadas —que no plantearíamos como imágenes en el sentido más evidente, sino en cualquier dato generado en un lenguaje cualquiera: un pico en una lectura de un sensor de presencia proyecta una imagen de que algo ha sucedido, y por tanto se genera un discurso mental en relación a las hipótesis acerca de este caso. Así bien, se podría decir que cualquier información capturada de nosotros mismos genera una representación a partir de su lectura e interpretación a través de otras informaciones que pudieran estar relacionadas. Por ejemplo, un sistema algorítmico de lectura de datos podría considerarnos terroristas si relaciona una serie de informaciones que a priori pudieran aparecer separadas: si nuestro historial de navegación reflejara que entramos a menudo en una página web con información sobre terrorismo islámico, si nuestras opiniones en Facebook —a través de los botones me gusta, me enfada, me entristece…— reflejan una tendencia hacia una ideología concreta, si hemos accedido a tutoriales de fabricación de artefactos, etc. Todo esto puede hacer pensar a un programa que vigila que reflejamos la curiosidad o la investigación. En España, uno de los artículos de la Ley de Seguridad Ciudadana, condena el acceso a websites con temáticas afines al terrorismo o la subversión[3].

José Luis Brea afirmaba cómo las tecnologías digitales producían la realidad: «bajo este particular régimen técnico de producción la imagen pictorializa el mundo, lo produce como cuadro» (Brea, 2010: 23). Se entiende que la imagen tiene un papel activo en la construcción del mundo. Cuentan los historiadores que en Inglaterra jamás hubo niebla hasta que Turner la pintó. La imagen saca a la luz ciertas lecturas, las visibiliza, construye nuestra manera de ver el mundo. «Nos enseña un modo de ver que corrige el puramente espontáneo para tornarlo producto de conocimiento, modo construido de un saber adecuado» (Brea, 2010: 23). La construcción de la imagen es a la vez la construcción de una realidad de las cosas, lo que Brea llamaba un régimen escópico.

¿Y cuál sería en nuestro contexto ese régimen? Es necesario tener en cuenta que el Alpha 60, la gran máquina capitalista, utiliza sus tecnologías para construir una sociedad que le sea fiel. La publicidad en los grandes medios es una tecnología muy eficaz a la hora de elaborar discursos afines al consumo y a la pérdida de la conciencia de clase.

¡Probemos una cosa! Enciende la tele un momento, seguramente que estén emitiendo anuncios ahora mismo. Al fin y al cabo, la televisión se ha convertido en un soporte de publicidad interrumpida por programación. Ahora hagamos un ejercicio: consideremos nuestra situación personal y comparemos con la situación de los personajes de la pantalla. A menudo estos personajes representan a una clase media bien acomodada, que tiene ciertas dificultades leves en su día a día pero poseen todos los medios de consumo útiles para garantizar su felicidad. Estas personas, siempre representadas como familias nucleares, siempre están de buen humor y se sienten seguras. Cuando no se sienten seguras suele ser por no tener un físico normativizado o porque no tienen una alarma instalada en su chalet — ¿te has fijado en que en los anuncios de alarmas la gente siempre vive en chalets o adosados?

Estas imágenes que simulan normalidad generan una realidad alternativa, proyectando nuestra propia imagen dentro de ella. Dado este régimen escópico, tendemos a identificarnos en las personas que se representan en los medios, haciéndonos a la idea de que vivimos bien. A su vez, la falsa idea de la felicidad subordinada al consumo produce un gran beneficio a la industria, fin último del capitalismo. Así bien, se genera un universo controlado por la búsqueda de beneficio que parte de la información recogida mediante máquinas donde toda la sociedad participa en un flujo constante de beneficio y velocidad. Todo funciona como una máquina y cualquier interrupción genera altercados que hay que paliar con la mayor eficacia posible con el fin de no detener el movimiento continuo.

Hemos encontrado al enemigo de Alpha 60: todo aquello que frustre la imagen que proyecta de la realidad. De lo que o quien el sistema debe protegerse mediante una vigilancia constante, con los ojos siempre abiertos. Aquí recae la incompatibilidad de Alpha 60 y la humanidad: las actitudes humanas, a menudo imprevisibles o peligrosas, son juzgadas por el sistema que no juzga con un razonamiento humano.

Las pruebas de un supuesto delito parten de su registro. ¿Quién se encargaría entonces de juzgar? Cuando un juez elabora un veredicto a partir de información registrada por una máquina, la realidad del caso que se está proyectando parte de la visión de ésta. Todo veredicto se genera a través de la visión de un ojo técnico. Ojo que por su parte, según Brea, «carece de profundidad de campo de la totalidad de lo visto: en lo que el ojo técnico captura y reproduce no hay otra cosa que la pura imagen» (Brea, 2010: 37). La imagen de una cámara de vigilancia, la imagen de unas coordenadas, parte de un ojo ciego. Un ojo inconsciente que ve la realidad sin comprender su alrededor, en base a cifras de luminosidad, de movimiento… Cifras comprendidas en escalas de valores: una cámara web sólo comprende la realidad en información de luminiscencia, en píxeles con una luminosidad comprendida entre 0 y 255. Señala Brea, citando a Benjamin, que «quien aquí ve no es ya un sujeto capaz de reflexividad —capaz de ver lo que ve— sino un aparato ciego, un inconsciente óptico» (Brea, 2010: 37). La imagen recibida es así pura superficialidad, un relato completamente plano.

 

Conclusión

¿Y dónde está la trampa? En que el relato consecuente de una información registrada no corresponde con la realidad, en el sentido de que todo relato es susceptible de una interpretación afín u hostil. La imagen miente por su propia naturaleza. Una cámara que me registra en un lugar concreto y a una hora concreta puede convertirme en sospechoso del crimen que se esté investigando. Pero esta lectura viene después de ese registro y además está totalmente subordinada a un contexto. Si ese contexto es la búsqueda de sospechosos yo, que aparezco en esas imágenes, devengo delincuente en potencia. Vale que de esta manera las pruebas carezcan de legitimidad, pero más que beneficiar a una posible inocencia, puede legitimar un discurso autoritario ya que a su vez no existen pruebas que cuestionen su autoridad. Sería necesario replantear las leyes para tener en cuenta este hecho, pero dependerá de la actitud del poder a la hora de restarse privilegios en el control de la sociedad. Tal vez haya que cambiar de molde.

«No puede obtenerse justicia bajo ninguna ley; el dogma no puede definir una acción de acuerdo a la naturaleza espontánea, una acción que es justa» (Bey, 2014: 78).

 

Bibliografía

BEY, H. (2014). TAZ: Zona Temporalmente Autónoma. Madrid: Enclave.

BREA, J. L. (2010). Las tres eras de la imagen: imagen-materia, film, e-film. Tres Cantos, Madrid: Akal.

MANOVICH, L. (2005). El lenguaje de los nuevos medios de comunicación: la imagen en la era digital. Barcelona: Paidós Ibérica.

DEL RÍO, V. (2015). La pieza huérfana. Relatos de la paleotecnología. Bilbao: consonni.

RODRÍGUEZ, F. (2013). Zutabeak. Microensayos sobre arte, cultura y sociedad. Bilbao: consonni.

STEYERL, H. (2014). Los condenados de la pantalla, [trad. Marcelo Expósito]. Buenos Aires: Caja Negra Editorial.

 

Filmografía

GODARD, J. L. (director) (1965). Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution. Francia: Athos Films, Chaumiane, Filmstudio.

 

Notas

[1] Alrededor de este planteamiento me resulta interesante la opinión recogida en una antigua columna de Fito Rodríguez en el periódico Gara: “Seguramente la erótica del poder tiene en la audiencia a una de sus principales musas. «Más no es mejor”, decía un conocido grupo de los noventa y todos entendían que anduviera o no anduviera el caballo debía ser de calidad. Pero la ansiedad de nuestro tiempo, y el mercado como su correlato insaciable, han alcanzado una omnipresencia furibunda. Así, “más” resulta ser un valor porque la cantidad multiplica la efectividad del mensaje infiltrado. “Más” obtiene siempre un reconocimiento porque la cantidad está estrechamente ligada a su visibilidad, a sus posibilidades de difusión, a la potencia de su eco y por tanto a su crecimiento y su cotización». (Rodríguez, 2013: 82)

[2] Steyerl, Los condenados de la pantalla, 25, citando a Thomas Elsaesser, “The Dimension of Depth and Objects Rushing Towards Us. Or: The Tail that Wags the Dog. A Discourse on Digital 3-D Cinema”, en EDIT Filmmaker’s Magazine, no. 6 (2011).

[3] El 24 de marzo de 2015, en el artículo 575:2 “Serie B: Proposiciones de ley. Núm. 221-5” del Boletín Oficial de las Cortes Generales se dictaba lo siguiente: «Se entenderá que comete este delito quien, con tal finalidad, acceda de manera habitual a uno o varios servicios de comunicación accesibles al público en línea o contenidos accesibles a través de internet o de un servicio de comunicaciones electrónicas cuyos contenidos estén dirigidos o resulten idóneos para incitar a la incorporación a una organización o grupo terrorista, o a colaborar con cualquiera de ellos o en sus fines. Los hechos se entenderán cometidos en España cuando se acceda a los contenidos desde el territorio español. Asimismo se entenderá que comete este delito quien, con la misma finalidad, adquiera o tenga en su poder documentos que estén dirigidos o, por su contenido, resulten idóneos para incitar a la incor­poración a una organización o grupo terrorista o a colaborar con cualquiera de ellos o en sus fines». Entendamos aquí que la finalidad depende a priori de la hipótesis, prejuiciosa o demostrada, de que somos afines al terrorismo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s