Sangre, cabeza y silicosis

Sangre, cabeza y silicosis

Alberto Díez Gómez

El Festival audiovisual obrero LAN redescubre varios frentes que permanecen abiertos; y nos vuelve a situar ante la pregunta sempiterna de ¿Qué es el trabajo? Desde un contexto creativo que no sabe aún definirlo para reivindicarlo en derechos.

Además de la cuestión del trabajo, que siempre ronda a lo «obrero», LAN expone diferentes situaciones de profunda injusticia ejercida sobre «el trabajador» y su contexto, especialmente arreciada cuando entra en contacto con otras condiciones de origen, sexo y sexualidad. Es decir, quiero que se entienda bien, no solo hay un cuestionamiento sobre la idea de trabajo en sí, sino mas profundamente sobre lo que supone ser obrero; para uno mismo, para su familia, para sus hijos, para sus nietos. Es un ejercicio de memoria sociológica, de cruda memoria social para muchos de nosotros. Memoria olvidada, quizás, queriendo y a propósito; quizás, impuesta. Olvido político-económico, que en ocasiones nos ha gratificado, e incluso entusiasmado. ¿de dónde venimos? Y acaso, ¿dónde estamos aún hoy?

Todas las realidades de la condición obrera se desenvuelven como una trenza ente raza, lucha de clases, política, pobreza, lucha feminista, exclusión, derrota, olvido, falta de futuro y alguna otra que, quizás, se me olvide. Lo obrero es esa gran masa olvidada e invisible de todos los tiempos.

«Nada mas con ver los pájaros lo que hacen, y con ver a los animales cuando comen. En lo que barruntan, sabes el tiempo que va a hacer y sabes muchas cosas» dice Fede, protagonista de Luzas y morras (J. Carlos Castaño, 2018, 29’), un documental sobre el trabajo de pastor en la España vaciada, como se le llama ahora, en la que soledad, sufrimiento y sacrificio acompañan el día a día de los trabajadores del campo. Ellos lo confiesan, han recibido buenas dosis de humillación por aquellos que vivimos de espaldas al campo. Viendo este pequeño documental, cuánto me he acordado de unos primos ganaderos de León. Pienso que ser pastor y ganadero no es exactamente los mismo, y de igual manera ocurre cuando hablamos de obreros y hablamos de pastores; hay un extrañamiento. En cualquier caso, la vida del campo, lejos de una concepción dulce, es lo que me precede de manera casi inmediata. Del pleno campesinado en que vivieron mis abuelos y hasta la juventud de mis padres; a una vida en la que no se advierten ni los mimbres de aquel pasado.

Luzas, lo explica Fede, sucede cuando a la oveja se le «espesa la sangre» al comer hierba tierna o muy seca. Entonces se dice que la oveja está enluzada. Morras, se produce cuando en la cabeza del animal se mete un pequeño bicho que se lo va comiendo hasta hacerlo enloquecer y morir. Así, como afectados de una sangre espesa, o como si un pequeño huésped nos royera la cabeza, nos hemos entregado al olvido para ir, probablemente, a ninguna parte.

Pero ¿volvería a trabajar en el campo? No lo creo, ¿volveríamos? difícil de imaginar ¿Por qué no volvemos? Va a hacer falta algo mas que el paro o la precariedad para volver. Ya, tampoco es fácil volver.

«Estábamos viendo tantas injusticias que se estaban cometiendo con los mineros, que vimos la necesidad de que las mujeres también teníamos que organizarnos, porque la lucha de ellos era la lucha nuestra también» Dice Anita Sirgo Suárez, mujer líder de la huelgona minera de 1962. Anita es una de las voces del documental Asturias, Patria Dolida (Arantza Rojas, 2016, 25’) que recuerda la historia de las huelgas mineras asturianas; comenzando por la revolución de 1934, que hizo tambalear el gobierno de la II República; y especialmente, la huelgona de 1962, la primera huelga obrera contra el franquismo que precipitó socialmente la lucha obrera en todo el Estado en la última década de la dictadura.

Oyendo a los protagonistas, es evidente que la identidad minera supera a la identificación de clase. Es algo más. Es una identidad casi nacional, una patria sin Estado. Una patria efectivamente dolida, con el devenir de la minería en el España, que la dejó en caída libre, como a muchas otras. Y así, vemos en el documental, que el minero asturiano es solidario, bondadoso, luchador y comprometido. Sin fisuras.

Sin embargo, la patria minera no coincide geográficamente solo con Asturias. Mi abuelo, leonés, también fue minero, en alguna etapa de su vida. Fue mampostero, concretamente. Aquel que va fijando y asegurando con postes la galería dejada por los cavadores. Un hombre profundamente anticlerical, con un alma profundamente enfrentada al poder, un minero; que adquirió como tantos otros la enfermedad de silicosis que le impedía respirar con normalidad, ahogándose de cuando en cuando. Anita Sirgo también recuerda la enfermedad «los silicosos que eran chavalinos, y estaban ya silicosos perdidos de la humedad y el polvo». Recuerda que fue, junto con las condiciones laborales de los mineros, una de las causas de la huelgona del 62.

Así que, además de la sangre y la cabeza, también tenemos enfermos los pulmones por inhalación de partículas de sílice. Neumoconiosis o silicosis ocasionada por un depósito de polvo en los pulmones. «La silicosis encabeza las listas de enfermedades respiratorias de origen laboral en países en desarrollo, donde se siguen observando formas graves. El término silicosis fue acuñado por el neumólogo Achille Visconti (1836-1911) en 1870, aunque desde antiguo se conocía el efecto nocivo del aire contaminado para la respiración. La silicosis es una enfermedad fibrósica-pulmonar de carácter irreversible y considerada enfermedad profesional incapacitante en muchos países. Es una enfermedad muy común en los mineros.» (Wikipedia, 2019)

Además de en la mina, el abuelo trabajó de niño como pastor para algún amo, y en el campo durante toda su vida. Y así se cierra el círculo sobre un pasado común a muchos de nosotros, y que ahora vemos inverosímil. «Y tu lucha… ¿Dónde está?» nos dice, acabando, Asturias Patria Dolida.

Del campo a la ciudad, así lo hicieron también mis padres en la década de 1970. El campo y la mina se acabaron para insertarse en una nueva sociedad como plenos obreros industriales; mi padre como trabajador en la industria, y mi madre como trabajadora del hogar y de su casa. A mi padre, como a tantos otros, le tocó sufrir la reconversión industrial durante los años 80 y 90 con numerosas épocas de paro y riesgo de despido. Luchó en las calles de Bilbao y otros municipios del entorno por una mejora de las condiciones laborales, por el no despido de parte de sus compañeros y por oposición al cierre de la empresa. Mi madre, como a muchísimas mujeres sin estudios de la época, tuvo que soportar la invisibilidad y la precariedad de su trabajo, al que sólo después del Real Decreto-ley 29/2012, se le dio algo de dignidad.

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