El ala sureste de la Tate Modern o el Blavatnik Building.

Hace un par de semanas que he cogido el tubo de Londres para hacerle una visita a uno de los centros de arte más prestigiosos a nivel global, la Tate Modern. A pesar de que me había dirigido a la City sin un tema en la mente que le diese sentido al viaje y me permitiese explorar el museo con dialéctica, fue poco después de llegar, tras ver un par de obras, que me di cuenta de que había un gran hilo conductor que no solo me guiaría a través de mi recorrido por la Tate Modern sino que, este tema tan urgente como controvertido, lo podría encontrar en la gran mayoría de espacios para el arte: la migración, sus políticas y las consecuencias directas e indirectas que ello supone.

Empezando por la planta baja, en la Turbine Hall que conecta los dos edificios que constituyen la Tate Modern, el Blavatnik y el renombrado Natalie Bell en honor a la activista de nombre homónimo como parte de una de las obras que conforman la exposición de Tania Bruguera (1968), tenía lugar, en colaboración con Hyundai, 10, 148, 451 (2018). Una serie de intervenciones de tono vaporoso y sutil con las que la artista referencia al poder institucional, las fronteras y la migración. Una de ellas, es una obra interactiva en el suelo de la Turbine Hall que reacciona al calor. Así, trabajando en conjunto con el resto de los visitantes, se descubre en el suelo el retrato de Yousef, un joven migrante sirio. Este es el “arte útil” de Bruguera, en el que la gente se involucra como operador y no como espectador.

Siguiendo en la planta baja, pero ya en el Blavatnik Building, tiene lugar en The Tanks No Ghost just a Shell. Esta exposición multidisciplinar la compone artistas como Anna Lena Vaney (1970), Dominique González-Foerster (1965), Liam Gillick (1964) y Philippe Parreno (1964) y Pierre Huyghe (1962) quienes, en 1999 compran el copyright del personaje de manga Annlee e invitan a estos y a otros muchos artistas a crear diferentes manifestaciones del personaje. Solo siete de las veinticinco esculturas, cortos, sound works e impresiones se muestran en The Tanks para hablar sobre temas como la cibernética, la inteligencia artificial y el cuerpo como una cáscara que envuelve a la conciencia. El hecho de que los derechos de este personaje fuesen repartidos entre tantos artistas, ha creado una personalidad unificada de no pertenencia a ningún lugar ni identidad concretas sobre las que el mismo personaje habla. Esta falta de identificación podría entrar en perfecta relación con lo que ocurre en un mundo globalizado, gentrificado y donde las costumbres de migración han cambiado de tal manera que el sentimiento de desarraigo acaba por convertirnos en inadaptados en cualquier parte del globo.

Saltándome la primera y segunda planta del Blavatnik Building, pues ya las había visitado anteriormente, me dirijo directamente la tercera, que muestra un conjunto de obras performativas realizadas entre 1960 y 1990 con un carácter altamente político y que pretenden hacer al visitante un sujeto activo. La exposición Performer and participant reúne obras de Hélio Oiticica (1937-1980) como Tropicália y Penetrables (PN 2 y PN 3) (1966-7), una instalación de gran escala que puede ser recorrida simulando las favelas brasileñas rodeadas de arena, plantas tropicales, poemas escritos sobre los diferentes materiales que la conforman y monitores de televisión que emiten canales locales. Junto con otras obras de Oiticica como B30 Box Bólide 17 (1965-6), se muestran trabajos de Lygia Clark (1920-1988). Ambos artistas integrantes del Grupo Frente, exploran a través del texto, el objeto y la performance nuevas formas de convertir al público en participantes a la vez que denuncian cuestiones sociales.

Judi Werthein (1967) es otra artista que colabora en esta exhibición. Con Brinco (2005), Werthein diseña unos zapatos destinados a los migrantes mexicanos que quieren cruzar la frontera con Estados Unidos. La acción se basa en la distribución gratuita de los zapatos en Tijuana a la vez que en San Diego los vende como objeto artístico por 200 dólares. Los zapatos están llenos de símbolos de ambos países, una linterna y una brújula. La suela está formada por un mapa para ayudar a los migrantes a llegar a su destino. De la misma manera, Werthein, intenta dirigir la atención a la explotación en la industria de la moda encargando la fabricación de los zapatos a empresas en China cuyas condiciones de los trabajadores se encuentran poco reguladas.

Xiao Lu (1962) también participa con su obra Dialogue (1989) reconstruida en 2015 a la que se le han atribuido mensajes feministas y políticos. Ma Liuming (1969) es otra de las integrantes en esta sala del museo con registros fotográficos de sus performances como Fen-Ma Liuming, su alter-ego femenino, con el fin de explorar las fronteras de género, la religión tradicional y el estricto sistema social chinos de la época. En relación con estas piezas encontramos a Regina José Galindo (1974) y su Who can erase the traces? (2003), quien usa su cuerpo para reflejar las relaciones de poder, violencia y tensión política vivida en Guatemala debido a una controvertida elección presidencial.

Finalmente en la cuarta planta, la exposición Living Cities, recoge obras de artistas como Mark Bradford (1961) que contribuye a la reflexión de la ciudad, lo público, lo urbano y lo social con Los Moscos (2004), un collage de grandes dimensiones formado por materiales encontrados en las calles de Los Ángeles (USA), que funcionan como fragmentos de memoria de la propia ciudad a la par que hace referencia con el título a los jornaleros migrantes de la Bahía de San Francisco. Julie Mehretu (1970) con Mogamma, A Painting in Four Parts: Part 3 (2012), nos muestra dibujos arquitectónicos superpuestos del edificio gubernamental Mogamma en El Cairo con otros de diferentes localizaciones que sirvieron como puntos de protesta social debido al régimen de Hosni Mubarak en 2011. Monika Sosnowska (1972) con Pavillon (2016) muestra la transformación de las ciudades polacas a través del material y la forma, a la vez que alude a un momento de malestar social concreto de posguerra. Kader Attia (1970) con Untitled (Ghardaïa) (2009) construye a escala real y con cuscús cocinado, la antigua ciudad de Ghardaïa en el Valle del M’zab, Argelia. Acompañada de fotos de los arquitectos franceses Le Corbusier (1887-1965) y Fernand Pouillon (1912-1986) y una impresión de la certificación por parte de la UNESCO que considera al Valle del M’zab como lugar de patrimonio mundial. De este modo, Attia alude a un momento intercambio cultural entre Francia y Argelia, haciendo hincapié sobre la hegemonía cultural del Oeste sobre el Este como huella del colonialismo, a la vez que evidencia de forma sutil la precariedad de su construcción por la fragilidad del cuscús.

Todas estas obras buscan una reflexión profunda sobre las trazas que el colonialismo ha esparcido por toda la parte Este y Sureste del planeta y secciona la producción cultural agrupándola en arte válido y neutral o kitsch y costumbrista. Esta tesis sobre lo propio y lo extranjero y sus influencias la trata abismalmente el escritor esloveno Igor Zabel (1958-2005) en su libro Contemporary Art Theory (2012) que la Tate Modern tiene a la venta en su tienda de recuerdos. Sin embargo, siendo éstas unas exposiciones comisariadas por una institución tan occidental, también nos hace formularnos la siguiente pregunta: ¿hasta qué punto podríamos fiarnos del desinterés político y de poder de esta crítica?

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