Feminismo: primero, los cimientos

Sara Valverde

Al hablar de feminismo hoy en día una se encuentra ante numerosos conceptos, vertientes y luchas, que aunque en su conjunto forman en sí un todo imprescindible e ineludible, por separado se podría cuestionar la prioridad de sus objetivos e intereses.
Me refiero por ejemplo, a la idea de empoderamiento de la mujer, que de por sí, es más que lícito que se haga notable en ámbitos empresariales y de trabajo, pero no deja de ser cierto, que en algunas ocasiones este concepto desemboca en la creación de marcas y prácticas neoliberales sólo accesible para un medio, alto poder adquisitivo.

Conditio no sine qua non, que sea lógico pensar que de toda revolución y protesta siempre se saca tajada. Pero quizás el sinsentido en esta premisa resida en una cuestión de prioridades y elecciones a la hora de construir el edificio: un edificio, que no es otro que la sociedad del futuro, educada o al menos estimulada por un pensamiento feminista; con el fin de así contagiar y (de)construir el sistema sobre el que nos cimentamos. Unas instituciones caladas por esta nuestra lucha política feminista, siempre nos harán de cimientos mucho más sólidos que el fomentar la marca y el prototipo de mujer empoderada. Aquella que en la mayoría de las ocasiones goza de un poder económico elevado.

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Puede que al estar cada una en un status social diferente deba cada lugar ocuparse de sus faenas más afines. Sin embargo entre estás debería contemplarse por todas y todos la integración obligatoria de una educación, sea mediante talleres, lecciones curriculares, o extraescolares, de pensamiento y perspectiva feminista. Lejos de lo que muchos puedan interpretar como ideológica sería necesaria aquella que proporcione herramientas cognitivas para acabar con los patrones y conductas colectivas, casi incorporadas desde que nacemos.

Es este mi gran descubrimiento en Poznan ciudad al noroeste de Polonia, en la cuál una de las iniciativas que me quedan más al alcance consiste precisamente en un proyecto educativo para niñas entre 8 y catorce años. Bajo el nombre de “We are girls”, cada lunes de cinco a siete de la tarde un grupo de doce niñas, adolescentes en este rango de edad se reúnen en un centro cultural para atender un taller, que cada semana varía de educadora y tema.

En lo que llevamos de curso, entre otras cuestiones se ha tratado la idea de qué es un derecho, la rescritura y visibilización de las mujeres en los diversos campos profesionales, o el concepto de máscara, aplicado a las redes sociales como uno de los canales donde el machismo campa a sus anchas. Lo que sí hay que apuntar, es que estas sesiones están dirigidas para desempeñar a su vez ejercicios creativos y de debate donde la diversión acompañe al aprendizaje. Una fórmula más que efectiva para la educación no formal.

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Cierto es que en este caso, estos talleres se desarrollan en el contexto polaco donde la mujer aún tiene que luchar por hándicaps tales como la legalización del aborto, la facilitación de método anticonceptivos de urgencia como la píldora del día después o el alto porcentaje y desprotección ante la violencia machista.

No obstante, este salvaconducto llamado educación, planta semillas en el mejor abono posible: la niñez, la adolescencia, y podríamos extenderlo a la juventud, la madurez, la vejez para cortar las malas hierbas, sanarlas y que sigan creciendo sanas y salvas. Nos queremos vivas.

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