De la presentación de Arte y Monacato. Trastienda de la librería Anti. 17 de octubre de 2018, 19:30.

Conversación en el recuerdo entre MOA y Tx. M. mantenida en privado inmediatamente después del evento:

Tx. M. nos comentaba que lo que caracterizaba a MOA era una práctica artística de la reflexión, del pensamiento (sobre la propia práctica también); y que de alguna manera Mar había tenido ese posicionamiento «intuitivo» en el grupo. Sin embargo, parece que yo había optado más por la escritura (no solo como medio). Me pide que explique eso. Creo haber contestado, ahora desde la distancia, un día después, que la escritura era la única forma posible en la que yo podía resolver este tipo de «práctica de la reflexión», la manera de fijar el pensamiento, el ejercicio de la reflexión, de hacerlo transmisible, pero que también me permitía ejercitar el pensamiento y la reflexión en el mismo hecho de la escritura: escribiendo. El ejercicio consistía (y consiste) en incluir la escritura como práctica del arte.
Le paso este texto a Tx. M. para contrastarlo y poco después recibo su
respuesta: «Entiendo tu capacidad de escritura como una forma digna de
labor-y-reflexión (“práctica de la reflexión”: práctica en la
reflexión?; reflexión en la práctica?).» (Tx. M.)

Hablamos de una segunda cuestión antes de salir de nuestro breve recogimiento en la trastienda de Anti. Tx. M. comprendió profundamente el desamparo, la palabra «desamparo» que nosotros habíamos utilizado en Arte y Monacato. En realidad era una palabra que salía del catálogo de Art & Language del MACBA. «Prácticas desamparadas» decían ellos «o con falta de domicilio»; pero él lo entendía como algo intrínseco de la vida en el arte. Del propio sujeto y de la propia práctica. El desamparo: por sí solo y crudo. Lo había tomado como una característica total de nuestras vidas. Le gustó.
«Algo que además, ligado a lo “humilde y monacal”, me (nos) ayuda a
situarnos en una larga (pero invisible) tradición en la cultura/arte:
la de los invisibles de todas las épocas, sin restos ni obras, que por
renuncia (propia, adquirida o sobrevenida) viven en el flujo de lo que
no ha sido. De lo que no tenemos noticia alguna.» (Tx. M.)
Pensé en que era cierto y le comenté que lo mismo que existía esa sensación de desamparo total, me había dado cuenta de que lo contrario, «el amparo», yo lo podía encontrar en el trabajo. Es decir, que el trabajo es lo único que tenemos. Hacer no-hacer sin ni siquiera pretender nada más: pensar en lo que conviene, en lo que viene, en lo que se debe hacer. Simplemente sumergirnos en nuestro propio trabajo. Un trabajo yo creo no institucionalizado, no reglado, no Cultural (esto ya no se lo dije). Es una perspectiva humilde y monacal del trabajo; y casi marxista, en lo que llega a relacionarse con la palabra «proletariado».

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