Un año más en BALA

Es diciembre, lo que significa que Bilbao, como todos los años, se convierte en un hervidero de actividades y de personas yendo de aquí para allá enfundadas en sus abrigos. Cargan, bajo el obligado paraguas, bolsas llenas de bienes con las que compensar el afecto sentido hacia seres queridos o forzados. Sin embargo, el diciembre bilbaíno ofrece una infinidad de actividades culturales bajo la que podemos refugiarnos quienes preferimos fingir que no nos absorbe el remolino consumista. Entre ellas, ha vuelto un año más la Bilboko Arte Liburu Azoka (BALA para las amistades), que nos ha sorprendido con la ubicación de la edición 2017: el mítico e inigualable Café La Granja, en pleno epicentro del comercio febril. Vamos, mejor lugar imposible.

A la cita han acudido una vez más lo mejor de lo mejor en autoedición y editoriales alternativas. Como siempre, a quienes nos gustan los libros inverosímiles, las láminas de ilustraciones, complementos y rarezas inclasificables nos hemos sentido como niños en una tienda de caramelos.

Como no puede ser de otra manera, a lo largo de la feria se ha podido asistir a distintas conferencias sobre edición impartidas por distintos agentes, como las editoriales Belleza Infinita y Fulgencio Pimentel (¿quién podría resistirse?), las imprentas Grafilur y Another Press, las distris Liberantes y Traficantes de Sueños y las librerías Carmen Alonso y nuestra querida Louise Michel Liburuak. Además de las presentaciones de varios libros, y charlas acerca del formato fotolibro, ilustración, y demás actividades. No obstante, pese haberse celebrado en un cómodo espacio cerrado este año, voy a romper una lanza a favor del tan criticado y húmedo espacio de la pasada edición, en el que podían escucharse por todas partes las charlas y no hacía falta reservar sitio para asistir. Esta vez se ha notado la opacidad de las conferencias a puerta cerrada, a las que no hemos podido asistir con tanta asiduidad quienes teníamos un stand que cuidar.

Pero la queja que más se ha podido escuchar es la de la ubicación de la zona de autoedición, la cual no pudo encontrarse dentro del famoso café sino en una oficina situada encima, ocupada hace años por la aseguradora Helvetia. Es cierto por una parte que la participación en la feria es alta y que, como naturalmente hubiera sido imposible embutir allí abajo a todo el mundo, ubicar parte de los stands en el piso superior era sin duda la mejor opción. Sin embargo, se ha podido comprobar que la afluencia al piso superior ha sido mucho menor debido a la falta de indicaciones en el portal ubicado a la derecha del café, que era confundido por viandantes y feriantes con un portal habitual de acceso a viviendas.

Para remediar la invisibilidad de la zona de autoedición, la gente de los puestos cubrió de señalizaciones el portón hasta el punto de superar en indicaciones al espacio inferior, habitado por editoriales y distribuidoras, que podría haber dado a entender que BALA se celebraba sólo arriba de no ser por el evidente movimiento dentro del café. Además, se decidió recoger distintos fanzines y situarlos en una mesa dentro del café como muestra de las ediciones ubicadas en la oficina. En ella, hay que decir, la comunidad fanzinera escribió en un injusto cartel “Zona Low-cost”, comentario fruto del enfado de gente con proyectos con financiación más sencilla que no han aprendido aún cómo poner precios que paguen el salario de personas humanas.

No obstante, esta indignación puede servir de mensaje a la organización (cuya labor lejos de estos asuntos ha sido admirable) para pensar en la distribución de las mesas en la edición del año que viene. Si bien, como dije, era necesario dividir las propuestas en dos espacios, es evidente que el mejor lugar para la venta ha sido ocupado principalmente por proyectos con trayectorias más estables, que por su parte tienen mucho más que perder si su ubicación no es la correcta.

Ahora bien, sería injusto escribir esto sin proponer a Banizu Nizuke, la editorial organizadora de BALA, alguna clave para que el año que viene todo el mundo esté contento y la feria siga siendo un gustazo. Ésta sería, en mi opinión, la búsqueda de una disposición homogénea entre editoriales y autoedición, a modo de que los productos puedan ser vistos a ojos de la clientela como producciones de igual valor. Pues muchas de las editoriales comunes en BALA vienen de la cultura y estética de la autoedición, y muchos proyectos de autoedición aspiran a la estabilidad (relativa) y calidad de edición de las editoriales.

Ilustración del cartel de BALA 2017. Por Liébana Goñi Yárnoz
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