LA REPÚBLICA DE GILEAD

Para los defensores del sistema, la dinamización de la economía pasa por la eliminación de límites y es el Estado el que debe garantizar esa ausencia de límites a los grandes capitalistas. El capital sin límites se siente con derecho a conquistar cada vez más territorios: desde los cuerpos de las mujeres (la gestación subrogada), a los ecosistemas de África, Asia o América Latina.

El capitalismo ha tardado más de doscientos años en alzarse desde el feudalismo. La materia esencial del capitalismo es la mercancía y aún existen cosas que no se han mercantilizado y otras que se pueden retornar a su valor
de uso. Hay que poner límites a la implantación de políticas neoliberales y a la expansión del capitalismo heteropatriarcal.

Acompaña a esta ausencia de límites un discurso tradicionalista, retrógrado y reaccionario erigido en torno a la familia tradicional, la división sexual del trabajo clásica, el binarismo heteronormativo y la negación de la capacidad de decidir sobre sus cuerpos y sus vidas a las mujeres y, en general, a todo sujeto distinto al BBVAh –Blanco, Burgués o de economía saneada, Varón, Adulto y heterosexual–.

Para Lucas Platero, “algunas de las demandas tradicionales del movimiento feminista están en el punto de mira de los gobiernos conservadores que quieren imponer su mirada pacata sobre el sexo, las relaciones y el parentesco”  (2013).

En conjunto Esther Vivas (2012) asegura que: “La salida actual a la crisis busca devolvernos a las mujeres al hogar, recuperar roles familiares y de género retrógrados. Se trata de una ofensiva en toda regla contra derechos económicos, sexuales y reproductivos.”

Todo esto me trae a la memoria The Handmaid´s Tale  (El Cuento de la Criada) que la escritora canadiense Margaret Atwood escribió a principios de los años ochenta. Una distopía feminista que es tan rabiosamente contemporánea que no parece ciencia ficción, sino el presagio de un futuro inminente. “En determinadas circunstancias puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”, dice la autora en el prólogo de la última reedición. Más, cuando 60 millones de personas votaron al candidato que dijo en campaña que las mujeres que abortan deberían ser castigadas por ley. Muchos piensan que la república teocrática de Gilead es el Estados Unidos que preside Trump.

La novela transcurre en la República de Gilead, donde el cuerpo de Defred,
la protagonista,  sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela
—o no es capaz de concebir— le espera la muerte en ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá a la polución de los residuos tóxicos. Así, el régimen controla con mano de hierro hasta los más ínfimos detalles de la vida de las mujeres. El empeño de todo poder absoluto en someter a las mujeres como paso conducente a sojuzgar a toda la población.
La criada se llama Defred porque el comandante al que ha sido asignada se llama Fred. La esposa del comandante es Serena Joy. La verdadera inspiración para este personaje — en la exitosa serie basada en la novela de Atwood— fue Phyllis Schlafly, la congresista que se opuso a la primera Ley de igualdad estadounidense porque “le robaría a las mujeres el maravilloso derecho de ser esposa y madre a tiempo completo en su casa a cuenta de su marido”.

 

Estos días he terminado de ver la tercera temporada de la serie —en la que la propia Atwood ha trabajado como consulting producer desde el primer episodio—. Al arrancar esta tercera temporada hay una escena donde una mujer, con una criatura recién nacida en sus brazos,  huye de la policía que la acosa desde encima de un puente sobre un río. En su persecución y acoso las fuerzas del orden emiten sonidos estremecedores en la noche, drones, helicópteros, gritos. La escena es terrorífica. La corriente del río las arrastra a ambas.

Cuando llegan a tierra la criatura parece no respirar, por fin y tras unos segundos de angustia, la criatura tose, uf. En ese momento unos señores se acercan, uno de ellos pregunta, visiblemente impresionado, si están bien. Después de taparlas con una manta isotérmica les suelta un discurso aprendido: “Señora, ¿si usted regresara a su país de origen sería perseguida por el hecho de ser mujer y correría el riesgo de ser torturada o de perder la vida? Como persona necesitada de protección, ¿desea solicitar asilo en el país de Canadá?”

Cuando ella contesta que sí, el señor pide por walkie-talkie una ambulancia y servicio de pediatría.

Este mundo que habitamos es un lugar muy hostil y habrá que cambiarlo.

Margaret Atwood acaba de publicar The Testaments, como secuela a The Handmaid´s Tale. En la introducción hay una frase de la gran Ursula K. Le Guin donde afirma que la libertad no es un regalo sino un trabajo duro. Lanera.

Referencias:

Esther Vivas y Josep María Antentas, Planeta Indignado. Ed. Sequitur, 2012.

Amaia Pérez Orozco, “La sostenibilidad de la vida en el centro…¿Y eso qué significa?” IV Congreso de Economía Feminista, Sevilla, 2013.

Margaret Atwood, Los testamentos. Ed. Salamandra, 2019.

 

 

Anna Mezz. Madril, 2020ko otsaila

 

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