(A)normales de serie

Sara Valverde

Ser afín  a la norma, identificarse en lo normal, pertenecer al contexto, hablar y pensar desde el mismo lugar, encajar bien en el molde, son automatismos a los que todxs tendemos, algunxs de manera más consciente, otrxs muchos sin apenas percibirlo. Lo que facilita que nos resulte apropiada, cómoda, correcta la manera en la que nos ha educado y construido un contexto determinado. El desafío llega cuando se entromete lo disruptivo en nuestra zona de confort, y somos incapaces de tolerarlo. En un mundo donde a su vez somos conscientes de lo que vende el sensacionalismo y al parecer el conflicto, la ira y el enfrentamiento pasional a velocidad de tweet, y no queda tiempo ni espacio para la paciencia que exige aceptar la subversión y contradicción que el otrx nos presenta.

Premisa que encara a muchos campos, en cuanto a lo que supone no encajar en lo normativo de cada uno de estos. Como detonante simbólico, resultan especialmente sobrecogedores los comentarios a la premiada por el Premio Nacional en la categoría de narrativa, Cristina Morales a tenor de su novela, Lectura Fácil. Ni amo. Ni dios. Ni marido. Ni partido de fútbol. Las valoraciones al respecto de la escritora ponían en cuestión el hecho de merecer o no el premio  traídas a colación de unas declaraciones sobre su opinión política en relación a la actualidad en Cataluña. El foco del debate se fijaba sobre todo en si una “anti-sistema” debía o no aceptar un dinero del estado por el simple hecho de retar al orden con su opinión. Un orden, una norma, con la que había discrepado,  y por ello, se le colocaba en los márgenes del sistema. A lo que se podría sumar en calidad de anécdota, el hecho de que la misma viva también sin internet, ni netflix, ni HBO, ni Spotify, ni  televisión.

Pero el quid de la cuestión está más bien, sobre el cómo a uno, una se (la) instala en los márgenes, según hasta dónde el sistema esté dispuesto a tolerar la otredad. Otredad y  no radicalismo como se tiende a medir según lo alejadx de lo normativo que se encuentre el tipo, tipa, discrepante. Aunque también se podría extender a un entorno, campos profesionales, estudios y un largo ecétera de actividades que nadan a contracorriente a lo que estilan los tiempos de precariedad sistemática, en los cuáles nada es suficiente: ni en objetivos, ni en formación, ni en experiencia, ni  en beneficios, ni en followers, ni en likes.

Por tanto el radicalismo se encuentra en estos quehaceres donde prima lo contrario: la  reflexión y el pensamiento critico como herramienta, donde los beneficios económicos no son los objetivos y por ello,  deben estar subvencionados por el Estado, en los que importa más el contenido que el contenedor, y los problemas reales a la felicidad impostada y las metas inalcanzables. Donde el extremismo se halla en generar esa fricción entre elementos yuxtapuestos y opuestos, que incomodan al sistema por su incapacidad de integración. Como los personajes de la novela de Cristina Morales, a los que nos ayuda la misma historia a entender desde su mal apelativo de discapacitadas hasta la normalización de su deseo sexual y sus ganas de cagar por las mañana en el metro.

Pero quizás todo se remita a lo más reglado: el miedo a lo nuevo, a la integración y por tanto, a la pérdida de poder desde la comodidad instalada por sistema. Un querer y no querer, que arremete contra el intento de ampliar perspectivas disfrazado de normalidad.

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