Cambalache y desencanto

Cruzo la puerta y encuentro una habitación repleta de objetos.

De frente, una mesa, un ordenador, varios montones de papeles y una lámpara dan la sensación de orden y estabilidad aparentes, que se rompe por completo al girar la mirada hacia el fondo de la pequeña estancia.

En el suelo, aquello que acaba de ser usado: todo tipo de cosas de reducidas dimensiones, manejables, desperdigadas o apiladas en montones. Contra la pared, se acumulan los botes de pintura seca, brochas descuidadas y marcos vacíos para fotos o cuadros; los marcos de madera se han separado del cristal, lo que indica que alguna vez fueron usados.

En las estanterías se agolpan libros y papeles, revistas y catálogos, archivadores y cajas, postales y entradas viejas, figuras y recuerdos, plantas vivas y muertas.
La parte superior de la estantería ofrece un espacio nada despreciable para ser aprovechado en esta descontrolada habitación: cajas, pliegos y rollos de papel.

El armario no contiene ropa, sino aquello que parece no querer ser visto: piezas de una estructura, partes de otra, componentes tecnológicos, fragmentos de plástico, cartón y madera, tela y trozos de mineral. Alguna vez, los objetos que se han guardado de la vista de moradores y visitantes estuvieron fuera de estas cuatro paredes, disfrutando de la mirada de todos. Quince minutos de gloria; auge y caída, y una vez que entraron al armario no han vuelto a salir más que para reutilizar algunos pedazos en un intento de reciclarse o morir.

Siento que me adentro en un cambalache.

Esta palabra se refiere a una amalgama de objetos, habitualmente de poco valor y agrupados sin ningún tipo de orden o jerarquía: el cambalache son, prácticamente, miles de artilugios inconexos desperdigados por el espacio.

Un cambalache puede ser un mercadillo de segunda mano, una tienda de souvenirs, los objetos que decoran un salón, o todo aquello que está en el trastero. En definitiva, un cambalache es ruido; un ruido visual que no permite diferenciar si hay algo que tenga verdaderamente valor dentro de la mezcolanza.

Un cambalache es todo lo que quedó fuera, todo aquello que aguarda con la esperanza de volver a entrar en los circuitos que pudiera concederle algún interés o atractivo, alguna utilidad.

Un cambalache es todo aquello que, por su naturaleza indefinida, quedó relegado al margen de los grandes almacenes. 

Y entre todas las cosas del revoltijo, algunos objetos se encuentran embalados.

Puede ser porque alguna vez tuvieron algún valor que se ha tratado de preservar de alguna manera, protegiéndolo de golpes, rozaduras y polvo. Puede que el contenido hubiera estado en el exterior y se embalara para volver a casa, y tal cual se almacenó junto a toda aquella producción que no fue reconocida o que lo fue por muy poco tiempo, y al cabo de unos días (tal vez meses) regresó para no volver a salir.

Un cambalache tiene cierto aire de desencanto.

Demasiadas cosas: toda una fabricación que poco más cruzó el umbral de la puerta para regresar, e integrarse en un cambalache particular.

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