RE-TRANSITO

Era el límite hasta donde llegaba aquello que conocía cuando era niño, aquello que podía andar una vez salidos del pueblo. Y es que funcionaba como una verdadera meta para los paseos familiares de verano, sobre todo. Salíamos de la casa de mi abuela, una casa tradicional del este leonés, a pocos kilómetros de la provincia de Palencia. Es una casa construida en adobe y madera, encalada al exterior. De apenas una planta baja y un primer piso; y por aquel entonces con el servicio en el corral. La cocina y las habitaciones principales dan al frontal de la casa, hacia el corral, orientada hacia la salida del sol. Además de la vivienda la casa tiene adosada otra edificación en la que se encuentra la cuadra y el pajar; la cochera y el taller del abuelo. Una fecha en la fachada, muy disimulada por los sucesivos encalados, indica que esta parte se construyó en 1960, pero la vivienda es sin duda mucho más antigua. Ahí nació la abuela y ahí ha de morir pronto, desgraciadamente. La vivienda, junto con la edificación anexa de la cuadra forman una “L”. El corral está cerrado por otra edificación: la hornera y el baño; y por la trasera ciega de la cuadra de otros vecinos del pueblo, que hacia el corral de la abuela se convierte en una techumbre sin paredes. Aquí siempre se guardó la leña, el perro y el carbón. Por fin, entre la hornera y la techumbre se abre un espacio hacia las portonas que permiten entrar y salir de la finca como por un vértice.

Llegué hasta el santuario de Santa Catalina como lo había hecho todos los veranos de mi infancia, pero esta vez sólo, y un día frio de Semana Santa. Fui en bici porque me da miedo coger el coche. La ermita de Santa Catalina se encuentra a unos dos kilómetros del pueblo a la orilla de la carretera LE-232, que al parecer sigue el curso de una antigua vía romana que conectaba los pueblos al norte de la cordillera cantábrica: cántabros y asturianos, con las ciudades castellanas al tiempo que servía de camino de trashumancia para el ganado.

Desde el pueblo el volumen de la ermita va apareciendo a lo lejos, entre la vegetación de un valle bastante amplio. Esos valles deben ser la transición geográfica entre la frontera natural del norte: la cordillera cantábrica y las llanuras secas puramente castellanas. No es, por lo tanto, ni zona de montaña ni pura llanura, sino un sistema de valles anchos y poco profundos que corren de norte a sur y que pertenecen a la vertiente hidrográfica del Duero. No muy lejos de allí, hacia el sur, las montañas pierden altura hasta desaparecer como sumergidas en unas llanuras inmensas de ocre en verano.

Solíamos salir de la casa de la abuela cuando caía el sol, o cuando estaba ya lo suficientemente avanzada la tarde como para que el calor del día nos permitiera pasear tranquilos. Salíamos a veces toda la familia, otras veces: mi tía, mi padre, el perro y yo; otras solo mi padre, el perro y yo. Ellos también salían a veces sin mí. La que nunca estaba para esto era la abuela que como mucho se animaba a bajar hasta la carretera comarcal. Tampoco el abuelo. A esas horas preferían quedarse a la fresca en el exterior de las portonas junto con algunos vecinos.

Bajábamos juntos desde el pueblo hacia la carretera comarcal por el único camino de entrada y salida del pueblo que los coches podían transitar. El recuerdo es siempre el mismo: un cielo completamente limpio y un sol bajo, cada vez más bajo que iluminaba los campos y los árboles con una luz amarilla. Solía haber también una brisa fresca que recorría el valle y empezaban a oírse los insectos del campo. Bajábamos casi hasta el letrero del pueblo donde había una cabaña de bloques de cemento que hacía de marquesina para el autobús León-Bilbao, y donde se podía leer a duras penas «VOTA IU». Tal y como invitaba la pintada, girábamos a la izquierda y nos adentrábamos en un camino rural que corre paralelo a la carretera comarcal LE-232. El camino empezaba en ese mismo punto. A su derecha: la carretera, tierras de cultivo, un camino de chopos coincidiendo con el curso del rio y unas suaves colinas de tierra roja. Al borde: unas veces chopos, otras veces espinos y cardos, y otras veces nada. Y a la izquierda: el pueblo, ya algo lejos, al abrigo de unas suaves colinas de robles, y más tierras de cultivo.
Avanzábamos conversando. Yo solo intervine en las últimas ocasiones, cuando ya era adolescente. Por lo demás permanecía en silencio observando a veces los campos y el cielo limpio, o escuchando atentamente los entresijos familiares que salían a relucir en aquellos momentos. Se hacía eterno llegar hasta el santuario de Santa Catalina, aquel límite quedaba lejos. Mientras tanto avanzábamos por la pista rural que tenía marcados a fuego los rodajes de las maquinarias del campo: dos franjas de terreno pelado separadas por otra franja de hierba, de la misma anchura, como cualquier otro camino rural que se preste. Solía mirar al suelo tanto como al cielo, en las partes desprovistas de vegetación afloraban, en algunos tramos, cantos rodados rodeados de tierra roja. En esta parte de la península ibérica las piedras están compuestas por otras piedras, como en forma de conglomerado, y a su vez completamente redondeadas como las piedras del rio o las piedras del mar. Su forma las hace imposibles para la construcción pero incrustadas en el adobe o aglomeradas con mortero de barro o cal pueden verse en algunas casas y muros de la zona, sobre todo en los tramos inferiores. El suelo de estos valles está formado por estos cantos rodados, un gran depósito de sedimentos de otras rocas preexistentes y lejanas pues no se aprecia lecho rocoso alguno al que pudieran pertenecer.

La ermita de Santa Catalina iba apareciendo en el horizonte después de sobrepasar una leve curva en el camino. Para verla había que fijarse bien y entornar un poco los ojos para discernirla de los campos. Pero, sí, allí estaba, apenas un prisma devastado por el tiempo. Caminando desde el pueblo lo que se iba viendo es uno de los lados más largos de la fachada, el muro norte de la construcción, completamente ciego.

Fueron muchas las veces que ni siquiera llegábamos a ver la ermita. Antes de llegar a ese punto nos dábamos la vuelta de regreso a casa. Otras veces llegábamos casi hasta su altura, pero lejos aún. ¿Qué? ¿Ya? –Me decía mi padre entonces–. El camino seguía mucho más allá de la ruina pero nosotros no insistíamos, ni siquiera intentábamos cruzar la LE-232 para acercarnos a sus muros o entrar. Nos íbamos.

«No es un lugar para que estén los niños» se repetía en casa, y por eso casi siempre, vi la construcción desde fuera y acompañado. Solo en un par de ocasiones le puso voluntad mi padre para cruzarme hasta la inmediatez del santuario y hasta la misma puerta del templo.

En medio de un valle poco profundo, a la orilla de la carretera y a unos cuantos cientos de metros del rio. Como se suele decir: en medio de la nada rodeado de campos y cercano a un enorme depósito de riego. El santuario da la espalda a la carretera y por lo tanto también al camino rural, y dirige su entrada hacia el rio, yo diría que hacia el oeste. Así el presbiterio y el altar se encuentran a los pies de la carretera comarcal pero de espaldas a ella. El templo se dispone de manera perpendicular a la carretera. Le he pedido a una tía, hermana de mi padre, que me envíe un pequeño libro sobre el santuario de Santa Catalina que había visto en su casa. Se trata de La ermita y hospital de Santa Catalina en Tierra de Almanza , un librito publicado por un hijo de la comarca, Ramón Gutiérrez Álvarez, que había llegado a ser maestro. Es un libro humilde pero contiene mucha información sobre la historia del santuario y de su entorno, y es, probablemente, el único libro dedicado a él. Desconozco si el autor aún vive.

Para entrar en el templo, primero hay que recorrerlo por fuera en sentido inverso desde el altar hasta la puerta. Lo hago siempre por la fachada norte, la que más conozco, la que va apareciendo con el caminar; ella es la imagen del templo en mi imaginario. Las cuatro fachadas del templo son de la misma factura: La mayor parte del volumen del muro está construido con canto rodado, fijado con cal y arena, excepto las partes bajas de los muros, las esquinas, las cornisas y los tímidos contrafuertes construidos con sillares de piedra arenisca; aquellos puntos más expuestos, los de remate o los estructurales. Esta cara norte que recorro por fuera es completamente ciega y en ella el canto va asomando entre el antiguo raseo de mortero que los escondía de la vista. Desde hace tiempo el viento, el hielo y el agua los ha ido descubriendo muy lentamente, más cuanto más arriba del muro. La fachada norte la componen tres tramos diferenciados por un cambio volumétrico: un tramo muy corto que correspondería al hueco dejado a la virgen en el presbiterio, el tramo del propio presbiterio que emerge, y el de la nave que se hunde ligeramente. Destacan sobre todo el plano dos volúmenes: dos contrafuertes que se sitúan en los extremos del tramo del presbiterio; la parte más alta del templo. Aproximadamente el tramo de la nave en longitud es de dos veces el del presbiterio. Toda la fachada norte esta punteada por unas piedras salientes en hilera que se alternan con huecos en el muro. Corresponden a la unión de la estructura de un soportal de madera y teja, con el muro, y que se repite en todo el perímetro de la nave. De ello no queda nada.

Doblo la esquina del templo hacia la izquierda y ya me encuentro en una de las fachadas cortas donde está el acceso al templo, un vano construido también de sillares y terminado en arco de medio punto. No queda ni rastro de la puerta que lo cerraba. A su izquierda un agujero en la pared tan grande que permite ver el interior. Según leo en el libro del profesor Ramón Gutiérrez Álvarez, parece que corresponde a una antigua ventana que se construyó para poder ver el interior del templo desde el campo los días en que no había misa o romerías. Arriba, alineada con la puerta, lo que queda del hueco de una ventana construida con ladrillo macizo; y más piedras salientes y huecos del antiguo soportal de madera.

Doblo la otra esquina a la izquierda, es el muro sur idéntico al muro norte en cuanto a la distribución de los tramos, y la hilera de piedras y huecos donde se apoyaba el soportal de madera. Este muro sur está menos herido por las inclemencias del tiempo atmosférico, no así por las de tiempo. Esta fachada cuenta con dos ventanas: una en el tramo de la nave cerca del presbiterio, construida también con ladrillo macizo, y otra en el presbiterio mucho más sólida de sillares de piedra. Estas dos, junto con la de la entrada, fueron añadidas más tarde, según he podido leer, para dar algo de luz natural al templo. No es casualidad que sus únicas ventanas se orienten al sur y al oeste. Inmediatamente debajo de la ventana del presbiterio aparece un último volumen descarado entre contrafuerte y contrafuerte. Corresponde en el interior con la sacristía a la que se accede desde el altar. Desde lejos la ruina aparece como chafada y es que le falta la cubierta en su totalidad, aun así conserva todos sus muros hasta la altura donde comenzaba el tejado.

El profesor Gutiérrez Álvarez escribe que «aunque la ermita, en su aspecto actual, fue edificada de nueva planta entre los años 1548 y 1549, y la capilla mayor en 1610, estuvo precedida por una construcción más humilde (…) a comienzos del siglo XVI, era incapaz de acoger a los fieles que acudían a ella, cada vez más numerosos en las fiestas más importantes, como Santa Catalina y las letanías de San Marcos. Por esta razón, la cofradía determinó edificar un santuario de mayores dimensiones» (G. Álvarez, 2014, p. 37)

Me decido a entrar en la nave, al contrario de cuando paseaba con la familia. Por el vano de la puerta se accede directamente a al tramo de la nave donde se encontraban las bancadas de los fieles. El suelo de hierba y el cielo azul. No queda ni rastro del derrumbe de la cubierta que, según mi padre y mi abuela, era de artesonado de madera. El suelo, no sé cómo era el suelo porque no se ve y ahora es un pedazo más de campo. Hierba tierna y larga, alguna zarza, algún espino y algún saúco mediano. Hay un sendero por todo el centro de la nave hasta el altar y bultos de verde e irregularidades que no se alcanzan a ver qué son, pero que se intuyen como piedras y escombros caídos de los muros. La nave esta separada del presbiterio por un gran arco triunfal de medio punto construido con sillares de arenisca a punto de venirse abajo. Justo por la clave se hunde en varias dovelas el arco que provoca el hundimiento hacia el interior de la exigua cubierta que conforma el propio arco y la cornisa que en él se apoya. Parece que técnicamente a este arco se le llama arco triunfal, pero nunca fue un gran arco robusto, pues las piezas que lo componen son pobres, humildes. Pienso en que todos estos sillares los debieron traer de alguna parte porque esta piedra trabajable, a simple vista no pertenece a este territorio. En el verano de 2018 aún se conservaba en pie a duras penas, aunque no puedo decir que lo esté ahora mismo. Sobrepasar el arco triunfal para llegar al altar es una tarea difícil. En esa parte se amontonan, ahora sí de forma evidente, los escombros caídos de la bóveda de crucería, la única cubierta en piedra que tenía el santuario.
Como le ocurre al arco triunfal, la bóveda de piedra se va deshaciendo año tras año. Recuerdo haberla visto casi entera, siempre amenazando con desplomarse encima de uno. Entonces, permitía el acceso al espacio de la sacristía, el lugar más recóndito al que se podía llegar, cubierta con una preciosa bóveda de media naranja con algunos motivos grabados en piedra y desprovista de todo ornamento que aún se conserva. La bóveda de Santa Catalina había aguantado en pie hasta mi adolescencia, y ha sido esta la única parte de la que he sido testigo de su paulatina desaparición. Recuerdo ver desde lo lejos un sauco mediano que crecía fuerte entre la cubierta y la bóveda. Formaba parte de la silueta del templo, pero ya no está al haberse derrumbado su suelo. Recuerdo la bóveda en un estado similar al que aparece en una fotografía del libro del profesor Gutiérrez Álvarez, mi primer recuerdo debe ser de esa época. Luego cada verano, en varias ocasiones incluso, acudía a ver el estado de todo: a la bóveda le faltaba otro tramo. Aguantaba así algunos años y, después, otro tramo se derrumbaba cubriendo el altar con una montaña de escombros. Conservo alguna foto de la penúltima vez que estuve allí: media bóveda en diagonal había desaparecido quedando en el aire solo el nervio principal desnudo. Faltaba otro pedazo de bóveda pero se conservaban aun los cuatro nervios principales y las claves en forma de pastillas adornadas. Era entonces el hogar de un cernícalo común que me sobrevolaba y me gritaba pidiéndome que me fuera; ya se había transformado por completo en un espacio de la naturaleza cruda. En la última ocasión (verano de 2018) ya no hice el ritual solo. La bóveda se había venido abajo por completo a excepción de una pequeña nervadura que, sola, se sujetaba a sí misma. En el suelo no queda nada más que parte de los escombros, y dentro ya no queda nada más que el espacio.

Un dato significativo para lo que viene: desde el declive de Santa Catalina, el recinto del templo fue utilizado durante años como corral para el ganado.

Además de mi recuerdo hay algo más en este lugar que no deja desembarazarse. Santa Catalina no habría sido un límite para mí sin la familia de mi padre, que a veces con un doloroso desdén y otras con profundo dolor hablaban de ella y de sus circunstancias.

He querido grabar una conversación con mi padre para ayudarme en la escritura de esta última parte. Cuando se le pregunta sobre la ermita siempre cuenta un momento de su infancia que a mí me gusta imaginarme: durante los meses de verano, bajo los soportales de Santa Catalina, se establecía un buen grupo de gitanos que acondicionaban el suelo de tierra de los soportales para vivir. Paraban allí sus carros, dormían, cantaban y hacían fuegos para calentarse. Eran gitanos nómadas que ocupaban aquel lugar durante unas semanas y después desaparecían. La imagen que me evocan es como la de una película de Berlanga.

Mi padre ya no se acuerda si fue a finales de la década de los 60 o muy a comienzos de los 70 cuando todo el pueblo acudió con sus carros tirados por caballos o mulas a rescatar los retablos y la imagen de Santa Catalina. Entonces, y desde principios del siglo XX, el santuario ya amenazaba ruina. Una ruina causada por desavenencias entre el pueblo de mi padre y el resto de los pueblos de la cofradía a la que pertenecía el santuario; y es que la construcción está en terrenos del pueblo y a él revertían los modestos ingresos que dejaban peregrinos, tratantes y trashumantes a través de una pequeña cantina que allí se instaló. Los gastos de mantenimiento y conservación, sin embargo, corrían a cargo de la cofradía.

El caso es que mi padre recuerda tener entonces unos dieciocho o veinte años, justo antes de migrar por primera vez a Madrid en busca de empleo. Mi padre, supongo que junto algún miembro más de la familia, quizás el abuelo, acudió con un carro metálico con ruedas de caucho tirado por una yegua. A ellos les correspondió cargar con la imagen de Santa Catalina de Alejandría (1709), «una talla de 139cm de altura, hecha por el escultor perito, pero no maestro, (…) leonés Andrés Hernando» (R. Gutiérrez Álvarez, 2014, p.47) y algún otro mobiliario o enser menor del santuario. El resto de las imágenes y de los retablos se transportaron en los carros de otros vecinos; bien atados y asegurados para evitar accidentes, hasta la iglesia del pueblo. Por el camino a la yegua se le soltó la barriguera y el carro se encaramó hasta arrastrar por el camino. Aunque la yegua se asustó, no ocurrió nada, consiguieron refrenarla y atarle definitivamente la barriguera. Para entonces los soportales de madera que rodeaban la nave ya no existían, y antes de que la cubierta de la nave se hundiera, había que sacar todo aquello que pudiera tener algo de valor económico.

En la iglesia permanecieron los retablos y la imagen alrededor de tres meses. Después, todo se llevó al museo diocesano de León, situado en la catedral de la ciudad; y al poco todo desapareció excepto la imagen de Santa Catalina de Alejandría. «Algunos informadores comentan que hacia 1960, en el retablo figuraban, a parte de la de Santa Catalina, varias imágenes de otros santos y santas, de tamaño reducido, actualmente en paradero desconocido. Según nos cuenta F. L. Rodríguez ‘por los años 60 del siglo XX, habiéndose declarado en ruina el santuario, el retablo estuvo en el museo diocesano de León y aquí, después de transcurrir unos años, fue todo desmantelado y desperdigado desapareciendo por completo’».(R. Gutiérrez Álvarez, 2014, p.48). Los tiempos que recuerda mi padre y los tiempos que relata el libro del profesor Gutiérrez Álvarez no coinciden, pero lo ocurrido, en general, sí. Sin embargo, el profesor no reconoce en el libro el expolio al que fue sometida la ermita, al menos no por parte de la diócesis de León. Un disgregamiento orquestado, al parecer, por el cura del pueblo y la diócesis. Pero en el relato que hacen los vecinos, sí se reconoce; y aun se toma como un fraude, un profundo desengaño. Sus relatos están entreverados por un resquemor y cierta culpa; como si alguien les hubiera convencido para salvar una pequeña parte de su cultura para liquidarla después. Nunca he encontrado malestar por la ocasión perdida, tampoco por el lado del sentimiento religioso, pero sí un sentimiento como de humillación por haberse liquidado aquello a lo que pertenecían y que junto a la escuela del pueblo, ahora derribada, era lo único que tenían. Pienso, por supuesto, en que habrá alguno entre ellos al que le dé lo mismo todo esto.

Todos por allí recuerdan que tras aquel episodio, el cura del pueblo llevado por la fiebre del motor de aquellos años, se compró coche nuevo, un R6 azul.

Le enseño a mi padre la imagen de Catalina que aparece en el libro de Gutiérrez Álvarez y la reconoce enseguida. No la había vuelto a ver desde que la acarreó al pueblo hace aproximadamente 49 años. «Sí, sí, esa es, todo de madera, de madera tallada. Tenía una palma en una mano y creo que una espada en la otra… Ya no me acuerdo» (6’ 05”)

memoria (Del lat. memoría.) , 1. Recuerdo, relato del pasado desde la experiencia personal. 2. Relato de una vivencia, de un hecho acontecido o de otra persona o personas que han tenido cierta importancia en la existencia del relator 3. Ficción o construcción inherente al relato del recuerdo 4. Función no demostrable empíricamente 5. Relativo al acto de evocar un suceso de carácter social o humano no necesariamente ligado a la historia oficial. 6. Acto de restituir cierta dignidad al momento actual mediante el ejercicio de traer al presente: referentes, hechos o personas del pasado. 7. Acto comprometido con la prolongación en el tiempo y en el espacio de los lazos que nos unen a un pasado afectivo, subjetivo y, a veces, común a un pueblo o colectividad, desde la generosidad y ajeno a la saña.

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