Congestión. Anna Mezz

Con un vestuario espantoso (donde las mujeres iban más vestidas que los hombres, lo cual es de agradecer para una transfeminista radical), la tarde del pasado 28 de abril en el Teatro Arriaga de Bilbao, estuve viendo 10000 Gestes, del Musée de la Danse.

10000-gestes-Foto-Gianmarco-Bresadola
                                                                                                                            Foto: Gianmarco Bresadola

La propuesta consiste en que 19 bailarinas y bailarines realicen diez mil gestos sin repetir ninguno en el trascurso de una hora escasa que dura el montaje. El resultado es un caleidoscopio hipnótico de gestos, que cada intérprete realiza, y que desaparecen tan pronto como los ejecutan. 19 intérpretes en escena que se mueven realizando sus gestos en cadena, en una sucesión única, efímera y fascinante. La diversidad étnica, sexual, de género y edad de lxs ejecutantes contribuye a la riqueza de la pieza. Hay momentos puntuales en los que todxs se unen: para gemir en gestos eróticos colectivos; para crear instantáneas en quietud, como si corporalizaran cuadros clásicos, el Nacimiento de san Juan Bautista de Artemisa Gentileschi, La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix o el Guernica de Pablo Picasso; para gritar secuencias de números y así recordar al colectivo por qué gesto van; o para saltar sobre el patio de butacas y tocar, manipular e incomodar al público (lástima no poder estar abajo, que las entradas son muy caras).

El Requiem en ré menor K.626 de Wolfgang Amadeus Mozart les acompaña, junto con grandes espacios de silencio, durante el viaje de los 10000 gestos.

No todxs lxs espectadorxs se mostraron complacientes, incluso algunxs abandonaron sus butacas durante la representación. Y es que es verdad que la compañía no bailaba. El planteamiento no deja de ser un experimento, un ejercicio que reflexiona sobre el gesto y la fugacidad de la danza. Siempre es  sugestivo ver a 19 personas desplazarse y moverse por el escenario con un objetivo aunque la primera parte, donde llevan la propuesta al extremo es más interesante que la segunda donde a veces se diluye.

El Centro Coreográfico Nacional de Rennes y Bretaña fue rebautizado como Musée de la danse por su director y coreógrafo, Boris Charmatz, que lo dirige desde el año 2009. Es una plataforma de experimentación para repensar la danza desde distintas perspectivas. El año pasado estuvieron en el MNCARS en Madrid, analizando la relación entre la danza y el arte contemporáneo y la idea del museo como institución viva en la que se incluye la creación dancística. El Sadler´s Wells de Londres les ha dedicado recientemente un programa atendiendo a su faceta más coreográfica, por un lado, y a la más performativa, por otro.

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