Lo inconstante de lo vivo

Sara Valverde

A lo largo de una vida la mutación es una constante, un estado, una idiosincrasia del proceso vital. Un sinfín de variaciones provocadas que construyen un camino. Sin embargo son muchas las rutas por las que podríamos haber optado, o inclusive retomado con las siguientes opciones que se nos han cruzado. Tantas como las variaciones ocurrentes en un tiempo y en un espacio. Sobre algunas, reflexiona el trabajo artístico de Esther Ferrer (Donostia 1937), presente en el Palacio Velázquez del Parque del Retiro de Madrid bajo el título Todas las variaciones son válidas, incluida esta.

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‘Autorretrato en el tiempo 1981-1989’

 

Nadie dijo a priori que esta exposición se fuese a tratar como una monografía, sin embargo el discurso expositivo sí parece haberse apoyado en recorrer la investigación y producción de la donostiarra a lo largo de sus cincuenta años en activo. Quizás en ello ahonde la lectura paralela entre las piezas expuestas como ejemplos concretos, y el abordar su trayectoria como proceso creativo mutable, dispuesto a las alteraciones que el presente le suscite. Una premisa entendida desde  lo performativo y la (re)activación de lo que una vez aconteció, pero no murió. Con ello, la artista concibió (y se consumió bien), invitar al visitante y a performers  a intervenir las piezas con las sugerencias aportadas por ella misma, de tal modo que el accionar de cada unx, reflejase la variable continúa.

No obstante, con o sin instrucciones Esther Ferrer  pone el foco a lo que ocurre durante la misma acción, el hecho de estar viviendo una situación, un entorno, un tiempo. Lo que no quiere decir que el motor de su proceso creativo sea el  recaer tanto sobre lo autobiográfico, aunque inevitablemente, y muy a pesar de la artista, todo ser deja su huella personal en intereses y vivencias. Para la creadora, su cuerpo es el mejor soporte de memoria sobre su persona: entre otros status quos, el de mujer, creadora y trabajadora.

Biografía, 1977
‘Biografía’, 1977

Tres condicionantes cohibidos socialmente de igualdad y  libertad,  y por los que la artista mantiene su lucha más firme: la mujer como ser independiente, apoderado y dignificado. La creación, como el mejor espacio para reaccionar ante estos abusos sociales permitidos por el heteropatriarcado; lo que ha mantenido a la donostiarra con la convicción de que su trabajo artístico no se convierta en otra cosa que  la de  alimentar e incentivar sus inquietudes como vía de aprendizaje y conocimiento.

Una actitud que casa con el modo de definir su práctica como anarcocreativa, en la que sólo ella es la dueña del qué, por qué y cómo crea, sin un fin ni proletario, ni mercantil, ni exitoso;  y a pesar de que lo personal, nunca se mantiene al margen, resulta ser precisamente esto lo que provoca la diferencia del camino según las variables que vivamos.

El colofón de este artículo no termina en este punto y aparte sino en el texto invitado “¡Y apareció aquello!” texto  publicado en el nº 2 del periódico la Voz de la Mujer, como iniciativa anarcofeminista. La intención es alimentar aquello que nos precedió con el fin performativo de seguir mutando y variar las futuras decisiones.

 

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