DONE

Por Rakel Gómez Vázquez

Parte I

La llegada al lugar funciona como un ejercicio preliminar. La cruz se ve desde lejos, alta, la más alta de toda la cristiandad coronando una cima entre montes cubiertos por vegetación. El desvío que conduce hasta ella no tarda en ocultarla. El camino es un recorrido entre árboles, una carretera sinuosa de doble sentido, un escenario que inevitablemente se desencuentra con la carga simbólica del lugar en el que desemboca. Resulta siniestro estar atravesando este paisaje bucólico mientras me acerco a la fosa común más grande de España.

Llegados al final del recorrido, aparcado el coche, la caminata comienza en una escena de parque de atracciones decadente. Una cafetería en sintonía con los 80, un funicular para subir hasta la cruz que ya no funciona, e indicaciones de que no se puede subir a pie por peligro de derrumbes.

Después, la plaza. Una plaza seca y enorme sobre el valle, en el medio de la nada. Esos espacios en los que uno imagina a Stalin o a Hitler conduciendo masas populares contra el mundo. La plaza es majestuosa, radical sobre el paisaje y es la antesala a la basílica subterránea excavada en el risco.

Dejo la explanada a mi espalda y subo la primera de las escalinatas que salva el desnivel para acceder al interior. Apenas tengo que entrar para darme cuenta de que sin dejar de ser lo que uno puede esperar de una obra megalómana, excede en mucho los peores presagios. Pasado el pórtico, flanquean la entrada dos grandes nichos con esculturas desproporcionadas de ángeles custodios. Alas alzadas, manos apoyadas sobre espadas y todo alumbrado con unas lámparas de diseño gótico que proyectan sombras tétricas. Bajo uno de ellos, el primero de los contenedores poligonales en acero corten que después aparecerían cada tanto y siempre sin obedecer a ninguna lógica a lo largo de toda la basílica. El contexto era tan grandilocuente, que al ver este primero creí que aunque podría ser un paragüero gigante tal vez encendían en él llamas o algo así. Confieso que lo dejé pasar sin dedicarle más atención.                                                 Continué caminando por una nave central en la que se alternan capillas y tapices gigantes con escenas del apocalipsis. A lo largo de todo el recorrido, mientras avanzaba, podía ver en las bóvedas puntualmente, manchas informes, como aguadas. Acercándome ya al final de la basílica, y antes de llegar al crucero, en cada arco fajón, la última de las series de esculturas grotescas. Esta vez personajes encapuchados y cabizbajos del mismo orden estético que los ángeles del comienzo .

He de añadir además que durante todo el recorrido percibía las miradas sospechosas de los que estábamos allí, ¿quién viene aquí?, ¿a qué viene?. Tuve la sensación de que caminábamos mirándonos de reojo unos a otros, tratando de reconocernos, o peor, de identificarnos, haciendo evidente y perturbadora la vigencia de bandos contrarios. A media voz, un profesor guiaba por el espacio a un grupo de estudiantes ingleses que atendían a su explicación.

Ya al final, en el centro del crucero que exteriormente en vertical corona esa cruz gigantesca, me impresionaron las flores frescas sobre las dos tumbas que ocupan el espacio central en el suelo. Recordatorio innegable de qué lugar es este y quiénes toman posesión de él. Y una vez más, en la cúpula, esas manchas de aguadas que podrían ser mapas o dibujos pero que sobre el hormigón parecían cagadas de paloma. Y también más de aquellos contenedores de corten, estética de Gotham City, diseminados sin criterio por todas partes. Sólo entonces una gota aterrizaba en el centro mismo de uno de ellos y un segundo después otra lograba el mismo ejercicio de equilibrio dentro de otro. Allí en el epicentro del crucero, empecé a disociar todos los pasos y los comentarios en inglés del profesor a su alumnos, para escuchar la melodía que generaban las gotas que de una punta a otra caían en cada contenedor y hacían dibujos en el techo por el que se filtraban. Goteras. Mis expectativas no imaginaban filtraciones de agua en el edificio, y muchísimo menos de la envergadura de instrumento musical improvisado. Intenté imaginar el mausoleo en su totalidad, el bloque de roca horadada internamente con voladuras controladas y en el exterior el agua haciendo lo propio paulatinamente. Comencé a buscar información sobre la construcción y las obras de rehabilitación que ya se han llevado a cabo. Leí las noticias que una tras otra hablaban de la incompatibilidad entre el mortero empleado y el risco de granito, las condiciones meteorológicas y el paisaje adverso. Leía y no podía creerlo. Una incompatibilidad química, una reacción que disuelve esculturas y la propia montaña. Escuchaba las gotitas cayendo en los contenedores, replicando en algunos, cayendo de a dos en otros. Imaginé que aquel error de cálculo fuera una ficción poética, el fin de la obra constructiva como principio real de la obra plástica. Alguien trabajando y diseñando esta obra de arte iconoclasta. Un happening. Alguien sonriendo y pensando “está hecho” cuando terminaba. Diciéndose a si mismo “esta hecho” en cada revisión y visita de obra. Un plan atravesando todos los debates nacionales sobre qué hacer con este lugar. Una metáfora de la tortura china, guiño, guiño, guiño, guiño a Mao Tse-tung. Se cae, está en su propia naturaleza. Está hecho.

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