El suicidio (o la muerte) de Reinhardt.

No era infrecuente en absoluto. Que alguien presentase a J. como genio. Antes que como historiador del arte. O que se le considerase en algunos círculos como un artista, un artista de la historia del arte, especializado en escoger, ordenar, relacionar y comentar creativamente piezas de otros artistas. Esto es lo que me hace dudar. Porque como historiador jamás hubiera sacrificado un solo dato a una buena historia. Pero como artista lo podría haber hecho perfectamente. Conozco a los artistas. En aquellos días, lo recuerdo bien, me encontraba redactando un escrito de encargo, un texto sobre arte y espectáculo, o, mejor dicho, sobre el arte como espectáculo, en el sentido peyorativo que le concedía G. Debord a este término. Necesitaba un artista ejemplarmente opuesto, declaradamente contrario a un arte con carga emotiva, un arte, podríamos decir, biográfico. Pretendía mostrar por este medio la clara preferencia del público y la crítica por aquellos otros artistas con vidas trágicas o algo truculentas. El nombre que me vino inmediatamente a la cabeza fue el del pintor americano Ad Reinhardt y sus palabras en el prefacio a las Doce reglas para una nueva academia: “El arte que trata sobre la vida y la muerte no puede ser un arte noble ni libre. Un artista que dedica su vida al arte, lastra su arte con su vida y su vida con su arte”. Reinhardt era el hombre. El tipo de artista que podía oponerse olímpicamente a Van Gogh, a Modigliani, a Beuys, a Tracey Emin, a Ban Jan Ader o al mismo Rothko. “Entre artistas con obra y tragedia como Beuys y artistas con obra pero sin tragedia conocida como Ad Reinhardt (declaradamente alérgico al pathos en el arte) el público y los historiadores del arte siempre preferirán a los primeros”. Esto es lo que yo había escrito. Pero inmediatamente después de enviar el texto a mi editora se me suscitó la sospecha. Recordé entonces la vehemente mención a Reinhardt hecha por J. en la primera de las conferencias de su ciclo dedicado al arte del siglo XXI. Aquella en la que señalaba los atentados del 11S como el verdadero fin d’un siècle et début d’un autre. Su brillante alegato sobre el recurso a las Black Paintings en la portada del New Yorker posterior a los atentados. Revisé el vídeo de la conferencia y allí estaban las palabras, inequívocas: “Reinhardt murió de pura incomprensión, de pura anguria, de pura… Bueno, se suicidó. El 30 de agosto de 1967. […] Y es terrible que le llevara al suicidio la incomprensión absoluta del mundo artístico neoyorkino”. O sea, exactamente el punto en el que, contradiciendo frontalmente mi tesis, se retrataba a Reinhardt como un artista en verdad trágico, empujado a la muerte por el desprecio de la crítica, de sus mismos colegas y del público. Y es justamente aquí donde se presentó para mí la oportunidad de una paradoja más suculenta. Una situación teórica aún mejor que la precedente. La historia de un artista que buscando aligerar de biografía, de tragedia, al arte y, por lo tanto, de espectáculo, entraba a la historia del arte adjuntando a su figura personal la clásica muerte trágica de artista, final al que le habrían conducido precisamente las consecuencias sociales de su singular cruzada estética. ¿Pero cómo podía haber olvidado yo semejante circunstancia? Un dato de esta naturaleza debería constar en alguna de las reseñas biográficas que yo había consultado. Tampoco muchas, hay que reconocerlo. Pero creo que habría retenido el detalle. Por otra parte: ¿Cómo desconfiar del acceso a las fuentes, del rigor de un investigador solvente y contrastado como J.? ¿Estaría J., como era de esperar, en posesión de dato tan relevante, después de una ardua y original investigación suya? En vano traté de localizar alguna información que confirmara su versión. Muy al contrario, a juzgar por el material que pude interrogar al respecto, parecía claro que Reinhardt no se había suicidado. Habría muerto de un ataque al corazón, a massive heart attack, a la temprana edad de cincuenta y cuatro años. Para no alargarnos mucho más: me declaro incompetente para sentenciar de una vez esta pequeña controversia. Sigo buscando sin encontrarla, una confirmación definitiva a la versión oficial o a la de J. Pienso ¡qué hermoso final hubiera sido, en todo caso, para Reinhardt, el suicidio! ¡Qué perfecto colofón a su obra! Una muerte a la altura de una pintura con vocación de ser la última. Y no una pintura a la altura de una muerte del todo corriente. Caso, más bien, de su admirado Malevich, cuya última voluntad fue la utilización del cuadrado negro como cabecera de capilla. Una muerte, la de Reinhardt, perfecta para ilustrar su serie final de cuadros. Y un cuadro perfecto, el de Malevich, para ilustrar su propia muerte.

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