#Inguruan. Guerra, tiza, tiempo. Transcripción de la entrevista a Oracio Campos, presidente de Cooperativa IMPA (en esa fecha) publicada en el Boletín del Movimiento de Empresas Recuperadas el 30 de noviembre de 2002.

Facilitada por Philippine Sellam el 25 de agosto 2021

Industrias Metalúrgicas y Plásticas Argentina (IMPA), es una de las principales empresas recuperadas del país. Esta empresa es la referencia más importante de las empresas recuperadas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tanto por su papel en la conformación y el desarrollo del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas, como por su importancia productiva. Actualmente, IMPA es en facturación la segunda empresa de aluminio del país, procesando y comercializando aluminio en sus fases de fundición, laminación, extrusión e impresión.

IMPA es una cooperativa desde 1961. En 1968 éramos más de 500 personas. Era cooperativa de nombre porque era como una sociedad anónima. Cuando alguien reclamaba algo, quedaba afuera. Y cuando queríamos hacer algo, nos marcaban. Había asambleas, pero ellos informaban lo que querían y cuando alguno preguntaba por la facturación o pedía un aumento, a ese lo anotaban y después lo echaban.

En 1997 se puso dura la mano. No había luz, no había gas y los de la comisión directiva querían hacer una sociedad anónima. Nosotros pedíamos asamblea, pero no nos querían dar. Nos daban 2 pesos por día y nos tomaban el pelo para que nos fuéramos solos.

Nosotros estábamos muy divididos, por eso, ellos reinaban. éramos cuatro grupos, mientras ellos estaban muy unidos, como ahora el gobierno que actúa unificado mientras nosotros estábamos todos dispersos. Un día, trate mal a la vicepresidente en fundición por la burla del salario y todo lo que estaba pasando. Y después me dijo que se sentía ofendida. Entonces le respondí: «Imagínate entonces como estamos nosotros que no tenemos un peso!!». A la media hora, discutí con el jefe de asociados que se hacia el desentendido. Por todo eso, el viernes me dijeron que me quedara en mi casa y que no tenía más trabajo.

La equivocación grandísima nuestra era la desunión. Laminación protestaba, pero el resto no tanto. Y la UOM no se metía porque según ellos éramos cooperativistas.

Yo empecé a hacer una changa de casualidad en la esquina de la fábrica. Un día me encuentro con los compañeros y me dicen: «¿Sabes que nos estamos organizando con un abogado? ¿No quieres venir?» y claro, le dije yo.

Al mediodía me encuentro a Anita, la telefonista, de casualidad cuando iba a la panadería. A ella la habían echado antes. Le aviso de la reunión con el abogado y ella dice que está de acuerdo. A ver al doctor fuimos como treinta. Y nos dijo que éramos pocos, que teníamos que juntar más. Junten uno cada uno. Aunque igual se comprometió a ayudarnos.

Hicimos una campaña y a la otra reunión llevamos más de 100. «Ah, ahora sí», dijo el Dr. Gallardo. Y fuimos al salón. En eso aparece de casualidad un muchacho canoso que era metalúrgico y nos dice, «si necesitan una mano cuenten conmigo» Nosotros estábamos solos, éramos los cabecitas negras y era el primero que nos ofrecía una mano desinteresada. Era Eduardo Murúa.

Gallardo nos explicó como teníamos que pelear. Yo les dije a mis compañeros ese día que acá el tema era defender la fuente de trabajo y dejar las diferencias de lado. Muchos ya tenemos una edad en la que no vamos a conseguir otro trabajo. Bueno, ahí los muchachos estuvieron de acuerdo y elegimos la comisión para comenzar a pelear.

El lunes nos presentamos con los bombos en la fábrica y quemando gomas en la puerta pidiendo asamblea. Estaban los canales de TV. Era el 4 de mayo de 1998. El abogado hablo con la directiva que se negaba a darnos asamblea. Pero nosotros estábamos decididos a quedarnos afuera. Al abogado de ellos le tirábamos cohetes en los pantalones y el tipo nos decía «Así no se puede hablar!!».

Los de la directiva no nos dejaban entrar ni al baño porque sospechaban que nos queríamos quedar adentro. Yo trataba de convencer a los compañeros de que cuando abran la puerta nos teníamos que meter de prepo, que cuando mucho nos iban a llevar en cana. Paso un buen rato hasta que abrieron y ahí entramos todos. El 22 de mayo nos dieron la asamblea y la directiva lo cuestionó a Eduardo porque no era asociado. Pero yo mocioné que se quedara y todos votamos a favor, porque él ya era como uno más entre nosotros. Después nos quisieron imponer un temario y se lo rechazamos. Entonces agarraron sus carpetitas y se mandaron a mudar. «¿y ahora qué hacemos?» pensé yo. Ellos siempre nos decían, «estos negros no son capaces de manejar una empresa». Se pensaron que íbamos a estar una semana o dos y nos íbamos a ir. No teníamos para pagar la luz, para pagar el gas pero queríamos estar dentro de la fábrica. En eso viene el inspector del INAES y nos dice «bueno, muchachos, es todo de ustedes, así que hagan la votación y a trabajar». Entonces nos pusimos a votar y terminamos el recuento con la luz de las velas. Teníamos que demostrar que estábamos unidos, que teníamos capacidad para manejar la empresa.

La supervivencia.

Los primeros días para conseguir la luz y el gas anduvimos muchísimo porque los de las empresas nos decían «para que les vamos a conectar a estos si el mes que viene no van a poder pagar» la pensaban todos los tipos.

Teníamos luz, pero no teníamos materia prima. Guillermo comenzó a venir por esos días para ayudar. Cuando vino la luz, él nos dijo «Yo voy a comprar las primeras toneladas de aluminio, empiecen a trabajar» y después nos dijo «cuando ustedes se organicen, nos vamos». Pero los muchachos no queríamos que se fueran porque Eduardo y Guillermo se habían bancado todas y eran como de la familia. Así que les pedimos que se quedaran.

Antes los vecinos nos querían sacar pero cuando nos vieron en la calle reclamando nos decían que no aflojemos, que saquemos a esos sinvergüenzas.

Los clientes chicos se empezaron a acercar. A nosotros nos convenía, porque no teníamos mucha materia prima para ir tirando. Y a ellos también porque Aluar no les daba pelota a los clientes chicos por 1000 kilos, etc.

Una vez probamos con la chatarra como nos aconsejó Guillermo porque el aluminio de Aluar era muy caro. Muchos se quejaron. Hasta que compremos una partida para probar y «salió de 10». Con eso bajamos los costos un montón. Esa fue una pegada que nos permitió sobrevivir.

La solidaridad.

Pasaron varios meses hasta que conformamos un sueldo. Tuvimos muchos sacrificios. Algunos compañeros se quedaron solos porque sus familias los dejaban y no creían que pudiéramos manejar la empresa. En esa época no había fabricas recuperadas todo parecía una locura. Por eso, ahora estamos tan contentos al ver como crece el movimiento, y cómo podemos contar esta historia a los compañeros.

Lo lindo es, cuando uno está mal y aparece un grupo de compañeros a apoyar. Esa fue una de las cosas más importantes que aprendimos. Nunca me voy a olvidar cuando le llevamos una bolsita de comida a los del puerto. Nos agradecieron con lágrimas en los ojos: «hacía dos días que estábamos tomando mate y comiendo pan» nos dijeron. Esas pequeñas cosas son las que dan fuerza en la lucha.

El centro cultural.

Después empezaron a venir de otras fábricas, de universidades y de muchos lugares más. Igual teníamos miedo que nos quieran sacar. Vos viste, era una experiencia nueva y teníamos desconfianza.

Entonces nos pareció bien la idea de formar un centro cultural a partir de una mujer que había pedido autorización para practicar teatro. Teníamos un depósito abandonado y se lo ofrecimos y ella nos dijo que ahí se podía hacer obras de teatro. Bueno, entonces le dimos para adelante.

Cuando inauguramos la sala estaba llena. La gente llegaba bien vestida y se sentaba en los tachos de plástico y se encontraba con faroles de aluminio. Después pasamos películas y más tarde comenzaron otras actividades. Al principio algunos compañeros desconfiaban de la gente que entraba y salía por lo del centro cultural, pero después se dieron cuenta en las marchas que los jóvenes y artistas estaban con nosotros y que nos apoyaban. Ahora almorzamos todos juntos, somos como una gran familia.

En la dura estuvimos casi cincuenta. Después llegaron los otros, que no creían mucho en esta lucha pero igual les abrimos las puertas.

Incorporamos gente.

La devaluación nos favoreció. Y ahora trabajamos a 15 días, 30 días, mitad al contado y eso nos favorece. Y de salario ahora estamos muy bien. Imagínate de cinco pesos por semana a ahora que nos llevamos $ 900 promedio, imagínate.

Ahora se preocupan todos por cuidar las máquinas, arreglar los desperfectos. En cambio antes, con la antigua cooperativa buscábamos como sacar tuercas, descomponer las máquinas porque con esos tipos estábamos muy mal.

En el último período incorporamos a 10 compañeros, hijos de asociados para que los más viejitos pasen a tareas livianas.

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