MIGRACIONES FORZOSAS. Rakel Gomez Vazquez

Abril de 2020. Por fin puedo salir a dar pequeños paseos. Vivo frente a un parque que balconea sobre la ciudad.

(De estos días se alzan notas y escrituras que se entrecruzan y que hoy vuelan en textos hermanos sobre lo que sucedía además de lo que se materializa en escritura y en una producción audiovisual ONDER DE VLEUGEL (Bajo el ala) de Iratxe Jaio e Iñaki Van Gorkum.)

Hace días que deseo venir hasta este lugar para poder mirar la ciudad desde aquí. Miro y observo. Desde esta vista casi de pájaro, veo la ciudad, en esta circunstancia de pandemia y silencio, posarse sobre el terreno.

En realidad, no hay silencio. La primavera explota en lo que veo y en lo que escucho. El mirlo da saltos cortos recogiendo cosas con el pico y celebra con un pio-pio (versión simplista para la transcripción) cada palito o brizna que recoge. Los picapinos golpean a primera hora los postes de luz de madera y también los metálicos. Hay un repiqueteo que me empeño en encajar en alguna melodía. Y de hecho sí, llaman, avisan y están construyendo armonías de cortejo que atraviesan el parque y llegan hasta mi casa.

Alza el vuelo desde la pradera un pájaro verde como la hierba y mi pensamiento planea sobre líneas verdes fosforitas que trazan rayas en el cielo. Enseguida son ruidosa bandada de colores poperos. Terribles para algunos en su desorden sonoro, el alboroto que provocan las cotorras tiene algo de carcajada adolescente. Ellas también son migrantes forzosas culpables de su belleza. Escribo sobre ellas desde mi tesis como vectores de nuestro ocaso y otra muestra más de la herida colonial.

Aletean y se funden entre el color verde de los brotes nuevos. Tienen un caminar torpe que en el arrojo de recorrer la pradera se ve como herencia pingüina.  Las observo y me observan y su escándalo se cuela en mis lecturas y audios.

¿Han llegado o las han traído?

Las trajeron -responde en un susurro.

Su belleza las hace responsables del incontestable deseo de poseerlas.

Sí, pasa parecido con los tulipanes, hay algún grado de responsabilidad en eso. Digo, en su mejora para el deleite de nuestros deseos hay evolución interesada a la que se le puede hacer responsable de la exitosa expansión en la que hemos colaborado.

¿Nos han usado? Supongo que, visto así, diría que sí, pero qué complejo pensarlo así. Me interesa seguir pensando desde ahí.

Iratxe (Jaio) está haciendo un proyecto con Iñaki (su hijo de 11 años). Me envía una frase escrita que le tengo que reenviar en un audio. Me pide que la diga susurrando:“Sukarra daukat, estarriko miña daukat, arnas estulka nabil” (Tengo fiebre, dolor de garganta, estoy acatarrado). Les vi en marzo y ahora trabajan juntos en algo que tiene que ver con esta frase que debe ser susurrada. Susurros en este silencio extraño.

Silencio y calles vacías son una constante en las noticias y diarios. Sin embargo, aquí en mi vida confinada, hay cantos de pájaros que no dejan de celebrar la primavera y me tienen obsesionada con la escucha.

Busco un lugar para susurrar. Las cotorras no están dispuestas a no irrumpir en este escenario. El estruendo de su colonia no cesa. Ay de los árboles que engordan por la acumulación de esa estructura adosada que son sus apartamentos. Adhieren palitos y cortezas, y se ven tan mullidas, y esponjosas esas construcciones que cuesta creer que si las pudiera tocar crujirían, como cruje la madera seca y dura. Sí, el árbol es el poste que sostiene estas comunidades especialmente rabiosas a la tarde, cuando se acomodan en este enjambre que grazna, antes de callar hasta el día siguiente.

Me grabo varias veces, me escucho susurrando. Uno de los archivos es el que finalmente le envío a Iratxe. Le digo que no entiendo de que va la historia pero me encanta.

La virtud de canto que no poseen las cotorras es muy probable que sea la razón que viste radioactivamente su plumaje. El mirlo, que es mas modesto en su apariencia, viste su carencia con unas cantinelas que me alegran el día.

Me entretengo imaginando cómo se fueron escapando las cotorras de sus jaulas. Pensamientos en voz alta que en realidad ahora caigo en la cuenta de que más bien los susurro.

Entonces las que escaparon… ¿Se encontraron e hicieron nido juntas?

Bueno, las traían para venderlas como mascotas, pero aprendían a abrir las jaulas, o las soltaban porque eran muy ruidosas. Habían vivido en el exterior antes de ser capturadas, entonces podían sobrevivir, sabían hacerlo.

Ahora, en un intento de control, hay noches que, mientras duermen, las atrapan. Las hacen desaparecer. Las llaman invasoras. 

Las catalogan así.

Es que dicen que compiten con los gorriones. Aunque quién dice que no competimos nosotros con toda la vida que asoma.

La tragedia que habita en su historia me conmociona tanto como su canto. Me asomo al parque y tomo notas de los comentarios que logro escuchar cerca de sus colonias.

“Cantan feo, son bonitas pero cantan muy feo.”

“No cantan, hacen ruido.”

Es curioso el grado de confesión cuando hablamos bajito, una intimidad compartida. Por eso quisiera contarte esta historia al oído. Algo pequeño, desapercibido aún, recuperar así (en la era de la distancia social) esta cercanía que suena a confesión.  Algo que conecte conocimiento y afecto, un secreto entregado profundo que perdura y tiene significado. Lo escucharás con el asombro de un niño.

Empezaría así:

¿Había más pájaros o sólo es que antes de aquello no podíamos escucharlos?

Rakel Gomez Vazquez

ONDER DE VLEUGEL. Iratxe Jaio. Países Bajos / 2020 / 11′. Ficción.  

ZINEBI:

https://tv.festhome.com/festivaltv/Zinebi?fbclid=IwAR3zYH_WGt0vBbgXL6rO4Ihao-QqSwD6vfHNB3IwClBva1c47ba-GAH8v24

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