ALGO GRANDE ENTRA EN LO MÁS PEQUEÑO. ONDER DE VLEUGEL (Bajo el ala). Rakel Gomez Vazquez

ONDER DE VLEUGEL Iratxe Jaio Países Bajos / 2020 / 11′. SECCIÓN OFICIAL / Ficción. Sonido Ting Fung Cheung. Música Iván Nogueira. Intérpretes Iñaki van Gorkum Jaio. Producción Iratxe Jaio

Bajo el ala

Vuela este escrito para quien haya visto este corto y no espera que esto sea un mero resumen. Vuela también para quien no lo ha visto y este ejercicio le anime a sobrevolar este 2020 y después, sin más alternativa y tremenda urgencia, acceda a la plataforma online de Zinebi para ver ONDER DE VLEUGEL. Quiero, más que todo, hablar de las casualidades, de sincronicidad, y de lo cerca que a veces están aparentes opuestos como susurro y cotorra. Todo siempre sin robar magia a quien aún no haya visto Bajo el Ala

Tal vez alguien piense que, en realidad, sólo escribo aprovechándome de las casualidades y que efectivamente esto delata ser un poco “pájara”, porque cueste creer lo profundo de lo que voy a contar a continuación. Ciertamente, no hay abuso de la casualidad. Es muy necesario desterrar tales pensamientos, pues sospecho que, tal vez, esto no sucedía solo en conexión conmigo, y este diálogo que ahora comparto estaba sucediendo- y por suceder- conmigo y con muchas más. Me explico.

Cuando me interrumpe, ahora, el trabajo ya materializado de Iñaki e Iratxe, recupero y doy encuentro a lo que ellos y yo estábamos haciendo no hace tanto, en aquel abril de 2020, cuando también irrumpió su mensaje en mi trabajo. Entre esos dos tiempos y ambas prácticas se describe algo grande que entra en lo más pequeño. Pensamiento, migraciones, dibujos en el cielo y algo que es imagen, pero también es sonido. Detenerse en la escucha para hacer bandada.

Las interrupciones.

Estoy retomando unas notas de los días del confinamiento sobre sonidos y belleza, interferidas por mi trabajo de investigación sobre migraciones forzosas, cuando irrumpe el corto de Iñaki e Iratxe ONDER DE VLEUGEL (Bajo el Ala) Concursa en Zinebi y es ya un proyecto materializado. Una irrupción que me atraviesa ahora, al volver a retomar esas notas, y que ya en abril fueron atravesadas por la propuesta de Iratxe e Iñaki: susurrar una frase y enviársela vía wasap. Sukarra daukat, estarriko miña daukat, arnas estulka nabil. (Tengo fiebre, dolor de garganta, estoy acatarrado).

Era abril de 2020. Algo de lo que continúo escribiendo paralelamente con otro objetivo en otro texto, se entrelaza y discurre con este ejercicio que ahora lees. Será otro texto con diferente título, pero ambos se afectan, se interrogan e interrumpen y, por eso, es un ejercicio de escritura que abordo en paralelo. Los estoy trabajando como distintos, pero van aterrizando simultáneamente y conversan entre ellos. Emigran en un viaje de retorno seis meses después y se saludan reconociéndose.

Calma trágica.

Era abril en Madrid, época de confinamiento. Vivía frente a un parque que balconea sobre la ciudad inmensa. Cuando pude por fin salir de casa, fue el primer lugar al que me dirigí a ver la ciudad en silencio. En esas mismas fechas Iratxe ya comenzaba a rodar lo que hoy es ONDER DE VLEUGEL (Bajo el Ala). Solo supe entonces que era un trabajo que estaba realizando con Iñaki (que es su hijo), nada más. Curiosamente había estado con ambos en marzo, también en Madrid, en la emoción –unkigarria- que tiene encontrar a los de la tierra cuando estas lejos de casa.

Iñakik barregurazko filma bat egin nahi zuen, horrela ez izan arren gustoko du (…) 24ordu elkarrekin egon behar elkarrekin lanean ari giñen.(…) 200 xuxurla desberdiñak, 20 hizkuntza baino gehiagotan horrezgain Violiña ere entzun dezagun, Ivan Nogeirak jotzen duenak.

Escucha, voy a decírtelo todo en susurros. Imagínate que estoy bajando la voz, tal vez el cuerpo también, tal vez tú respondes bajando la mirada. Acercas a mí tu cabeza para oír bien -mejor dicho, para escuchar mejor. Guardas silencio. Te concentras para poner todo lo que no sea mi voz en silencio.

Eso es, así, perfecto.

Observas la ciudad desde diferentes azoteas. El tope vertical de los edificios. Remates planos que son el extremo final de la construcción y principio de cielo.

Miras una ciudad en silencio. Es Rotterdam confinada, pero podría ser otras muchas. Eso es lo increíble. Confinada, guardándose. Una mirada cenital que quieres lograr transmutar, si eso existiera, en una escucha cenital. Ves Rotterdam y yo contigo.  Atiendes a los demás. Haces un registro de un tiempo extraño sin apenas trafico ni ruidos. ¿Había más pájaros o solo es que antes de aquello no podíamos escucharlos?

¿Estás recordando leerme sin olvidar que te lo digo en susurros?

Sí, hay dulzura en decirte que tengo miedo y no gritar. Hay algo de cada una de las frases que tiembla dentro cuando se susurra.

Tú las escuchas todas.

¿Has pensado que la insuficiencia respiratoria también es susurrante? Esto cuando se me ha ocurrido me ha dado ganas de llamarte y decirte: espera, tal vez todo esto tiene más trasfondo de lo que de primeras parece.

Acomódate aquí, más cerca. ¿Para poder oír? No, para poder escucharme. Escuchar eso que tendríamos que decir, decir muy bajo, porque no da hablar alto algunas cosas. Sobre todo, ahora que todo quiere guardar silencio. O todo quiere ser silencio porque se impone el silencio. Más que otra cosa porque la falta de algunas de nuestras actividades  no produce ni ruido, ni choques, ni humo ni cultura. Aunque se escuchan otras cosas.

La revelación, sin nosotros tampoco hay silencio pero sí: puedes subir y ver lejos, y puedes subir y escuchar lejos, también. Recuperar la escucha lejana. Otear. ¿Tendrá su propio término refiriéndose a escuchar? Tal vez eso existe en alguna de esas lenguas que transcribes.

Tos, máscaras. Ves la distancia y verla no es suficiente. Las voces, tú.

La azotea se abre al mundo, se erige sobre él. Culmina una suma de espacios cerrados, pequeños fragmentos. Los apartamentos. Agrupación, acumulación de pensamientos, gente, animales y cosas. Historias de vida contiguas que guardan recuerdos y personas, solas o acompañadas o las dos cosas a la vez.

Esta ciudad como otras, llenas de voces. No sólo ésta. La vista no abarca pero el sonido circula, se mueve. Las escuchas y las recopilas en todos los lenguajes que alcanzas. Esos susurros que salen al aire y dejan el cuerpo. Los cuerpos permanecen encerrados pero no lo que piensan, lo que pensamos, el miedo. Los escuchas, los anotas. Es una delicia tu caligrafía de niño dejando cada susurro por escrito. Un registro que ha sumado nuevas palabras. 

Yo también estoy aquí, hablando en susurros y escuchando las cotorras que ya intuyen la primavera y no me dejan grabar en condiciones esta frase que vuela para ti. En ondas que atraviesan un cifrado de datos, y luego escritas duermen en un archivo. Espacio donde quedarán guardadas junto a las demás.

Hay silencio, silenciamiento, hay cantos y también hay ruido. Música y aplausos que celebran a las 8 de la tarde. Incluso, en algunos vecindarios, antes y después de esta hora, se juega al bingo, altavoz mediante. Miedo al silencio.

Las cotorras…¿pobres!invasoras, ruidosas y destructoras de cosechas. Acusadas inclusive de la ausencia del bello canto de los pájaros extintos. Eso también parece que es por su culpa.

Decir por mi culpa gritando y la diferencia de decírtelo en un susurro.

Decirte: ¡Silencio, cotorras! Cuando en clase hablabas con tu compañera a voz de secreto.

Algo grande entra en lo más pequeño.

Un susurro, apenas un hilo de voz.

Hay angustia, hay miedo, dudas, aprensión. También hay cercanía.

El susurro, el temblor de lo que no puedo gritar. Un pensamiento saliendo para afuera. Desbordado pero sostenido. Lo que uno dice para si- nork bere kolkorako- y ahora escuchas en mí y en otros. Lo que escuchas si bajas con el cuerpo y, sobre todo, con la atención, apagando todo para escuchar sólo las voces que hasta ti llegan.

Escuchas lo que dicen, bajito, muy bajito, casi para adentro.

Subido en estas cimas las vistas no cesan, el paisaje continúa en las horizontales que Rotterdam le robó al mar. Miras cómo se suceden los bloques y la ciudad toda. Desplegados en el espacio, enorme, inabarcable, pero con bordes. Es incertidumbre lo que escuchas en diferentes lenguas. Atiendes a lo que logras escuchar cada vez que observas desde los tejados.

Hay mascarillas, hay tos y hay fiebre.

Nuevas palabras, marcas en el suelo para preservar la distancia, pero para ti el nombre de las cosas está en este temblor que cada una modula para que no circule salvaje por el mundo, la de adentro. 

Rakel Gomez Vazquez

ZINEBI:

https://tv.festhome.com/festivaltv/Zinebi?fbclid=IwAR3zYH_WGt0vBbgXL6rO4Ihao-QqSwD6vfHNB3IwClBva1c47ba-GAH8v24

Entrevista/ Elkarrizketa

MIGRACIONES FORZOSAS. Rakel Gomez Vazquez:

https://txtlab.art.blog/2020/11/26/migraciones-forzosas-rakel-gomez-vazquez/

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