PRÁCTICAS PARA/EN UN JARDÍN MUTANTE II

Este texto es la continuación de la anterior entrega de Txt-lab “Prácticas para/en un jardín mutante”. El propósito de esta serie es aprovechar la plataforma de publicaciones periódicas que ofrece Txt-lab, para generar una continuación de los temas que han ido surgiendo en textos anteriores, y cuyo desarrollo no suele tener igual cabida en los espacios más formales. La escritura de los mismos se aborda desde la apuesta personal por hacer de Txt-lab un lugar para la deriva, la utopía, la quimera y la ficción.

 

En la primera parte, se avanzaba la idea sobre un hipotético mapa cultural, imaginado como un posible ecosistema. Un mapa que, si bien vemos reflejado en la realidad, está profundamente atravesado por una miríada de percepciones subjetivas. Imbuido por las diversas relaciones que se tejen entre los elementos que lo integran, y fabrican de una manera informe.

La metáfora del ecosistema, denota un contexto complejo y mestizo. Tomando esta reflexión como punto de partida, y mediante una serie de paralelismos, se sugieren analogías entre las diferentes formas culturales que brotan en el mapa, como formas vegetales cuyo cuidado, crecimiento y preservación requiere de la puesta en práctica de sistemas de cultivo menos convencionales. Dichos modos, se diferenciarían de los patrones de funcionamiento más herméticos, que terminan por agotar los nutrientes del suelo en el que se asientan. De esta manera, las formas “planto-culturales” que podrían preservar el equilibrio del ecosistema serían aquellas capaces de alimentar, atender y reactivar las condiciones de ese mismo sustrato en el que arraigan y maduran. Podríamos sospechar que el mantenimiento del mapa cultural, entonces, dependería de técnicas de laboreo algo más sostenibles, como el policultivo: una práctica por la que se cultivan simultáneamente diferentes especies, las cuales a su vez se complementan entre ellas de tal manera que se produce un mejor aprovechamiento de los recursos, sin la necesidad de agotar la tierra.

Así, el quid de la cuestión radicaría en la propuesta de un tipo de prácticas que faciliten un entorno poblado por formas, que desafían la predominancia de las estructuras rígidas y verticales. De hecho, recordando el texto anterior, retomamos desarrollos como los tallos rizomáticos y radicantes, que crecen y se expanden a través de los diferentes niveles que componen el suelo. De este modo, mientras a simple vista solo vemos la parte aérea de la planta, bajo las flores y las hojas se produce todo un entramado de nudos interconectados, capaz de proyectar nuevos brotes que buscan superficies en las que enraizar. O pequeños y sutiles recovecos, como las colonias de hongos que habitan entre las grietas de la corteza de los árboles. Sin ir más lejos, la reciprocidad entre setas y árboles, es un buen ejemplo de las relaciones simbióticas que pueden darse entre organismos diferentes.

Esta posible hibridación entre los diferentes cuerpos vegetativos, hace pensar en los nuevos tipos de “plantidad”, una idea que proponía María Ptqk en su texto “Botánica oculta”[1] (presentado durante el congreso de artistas Inmersiones, en su edición de 2017 bajo la temática de “Cultos”), como una vía para la resilencia. En el texto, Ptqk, indica que las plantas se han tomado, tradicionalmente, como formas de vida secundarias, aunque prácticamente sobrevivirían al colapso del mundo natural. Incluso sin la especie humana, las plantas podrían adaptarse a un planeta tierra post-apocalíptico. Una de las razones de tal subsistencia se debe, como recuerda Ptqk, a que las plantas son cuerpos descentralizados. Es decir, según las características del reino vegetal que describen Stefano Mancuso y Alessandra Viola[2], la supervivencia de las especies vegetales radica en que carecen de órganos centralizados, lo que facilita su supervivencia en el medio: esto es, se trata de organismos modulares que pueden subsistir aunque una parte falle o falte. No como nosotros, los humanos, o la mayoría de especies animales, que en caso de perder una parte vital de nuestro sistema, simplemente, moriríamos. 

Esto nos hace pensar en el ecosistema cultural como un medio “desbordante”, en el que la ausencia o el defecto de algunas de las partes, no comprometieran necesariamente la permanencia de las diversas formas que componen este complejo paisaje. Un rebosamiento deseado, impulsado por la germinación de expresiones y modos de hacer divergentes, y que por su naturaleza hibrida, resisten los planes más regulados, y los pronósticos menos halagüeños.

 

[1] Ptqk, María, «Botánica oculta. Un recorrido de Gabinete Sycorax, Museo Invertido de Ciencias Naturales», en Inmersiones 2016. Cultos (Vitoria-Gasteiz, 2016).

[2]Mancuso, Stefano y Viola, Alessandra, Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2015).

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