Por un arte político anti-totalitario. Por Rubén Díaz de Corcuera.

"He tenido un sueño. Un país plurinacional. Una nación de naciones. Euskadi." Cartel autopolítico de la serie Documento Plurinacional de Identidad.

La artista Andrea Fraser definía el arte político:“…como el arte que conscientemente se propone intervenir en las relaciones de poder (en lugar de solamente reflexionar sobre ellas), y esto significa necesariamente las relaciones de poder dentro de las cuales el arte existe. Y hay una condición más”, añade Fraser: “esta intervención tiene que ser el principio organizativo de la obra de arte en todos sus aspectos, no solamente en su forma y su contenido, sino también en su forma de producción y de circulación” (Tactics inside and out, ArtForum 9, 2004).

En la misma línea, la artista Tania Bruguera caracterizaba las obras de arte político como aquellas que trabajaban explícitamente “sobre las consecuencias de su existencia, de sus interacciones”, y que no permanecían tan solo “en el nivel de asociación o memoria gráfica” (Declaración de arte político, 2010).

Para J. Rancière un problema fundamental en la eficacia del arte político proviene de los límites que la representación le impone al arte. Según Rancière, dentro de la representación sólo es posible un comentario ambiguo, a menudo infantil, a las graves cuestiones políticas a las que se aplica. Concluye Rancière a ese respecto: “Lo que se opone a las dudosas lecciones moralistas de la representación, es sencillamente el arte sin representación, el arte que no separa la escena de la actividad artística de la [escena de la] vida colectiva” (Estética y política: las paradojas del arte político, 2007). Lo que se opone a la eficacia del arte político, sería no solo la madurez y la profundidad política del arte y de los artistas sino también su capacidad de superar el paradigma de la representación. Así pues, el arte político debería ser anti arte antes que político, no le quedaría más remedio que adscribirse al anti arte para poder aspirar a la política. Por anti-arte conocemos, evidentemente, esa corriente profunda del arte contemporáneo que hunde sus raíces en Dadá, movimiento artístico de vanguardia manifiestamente proclive a cavar la tumba del arte, a acabar con él. Ya que sin representación pudiera ser que no hubiese tal cosa como arte, según sostiene, por ejemplo, Donald Kuspitt (The End of Art, 2004).

El arte político, en aras de su eficacia política, debería inscribirse, por tanto, en la corriente del anti-arte. Lo cual obligaría siempre al artista político a tomar la decisión, quizá fatal, de disolver el arte en la vida colectiva, que es lo político, a riesgo de que el arte mismo pudiese resultar irreconocible. A riesgo, quizá, de abandonar la esfera del arte, como mínimo mientras se prolonga su eficacia política. Recordemos aquí, a ese respecto, que uno de los peores insultos que podían proferir los situacionistas, verdaderos artistas políticos de todos los tiempos, era “artista” (pronúnciese con desprecio: “artista”). El arte político se movería siempre en esta tesitura, permanecer o no dentro de la esfera del arte, cuando se ha decidido a entrar con pie firme en la política.

El arte político no es, o no es solo, en mi opinión, aquel que aspira a controlar las consecuencias que produce (lo cual me temo que es imposible), no es suficiente siquiera con abandonar el antiguo paradigma del desinterés práctico (y, por inclusión, también político) propio de la función estética, como quedaba caracterizada por E. Kant. Las consecuencias del arte político, digámoslo de una vez, deberían ser consecuencias políticas. Tales obras de arte deberían tener eficacia política real en alguna de las cuestiones relativas a la constitución y organización de los sistemas políticos, en su caso la formación de los estados, la promulgación de sus leyes y el funcionamiento y las decisiones de sus gobiernos. No aquello tan inofensivo, en el fondo, del comentario artístico, más o menos ingenioso, a las cuestiones políticas de actualidad.

A la hora de entregarse a una práctica de estas características, el artista debería optar por trabajar a favor o en contra de algún sistema político, posicionarse a ese respecto dentro del amplio abanico de sistemas políticos en oferta y funcionamiento. Dentro de cada uno de ellos, deberá trabajar, a su vez, a favor o en contra de unos u otros agentes. De un artista político se debería esperar que trabajase con alguna claridad a favor o en contra de la anarquía o de la multiarquía, a favor o en contra de la autocracia (o dictadura) o de la pluricracia, a favor o en contra del capitalismo o del comunismo, a favor o en contra de la meritocracia (y la demarquía) o de la democracia estocástica, a favor o en contra de la democracia directa o de la representativa, a favor o en contra del conservadurismo o del progresismo, a favor o en contra del totalitarismo o de la democracia, a favor o en contra de la plutocracia o de la peniacracia, a favor o en contra del gobierno de los autóctonos o del gobierno de todos (incluidos los recién llegados), a favor o en contra de la tecno o cienciocracia o de la politocracia, por citar sólo algunos de los sistemas políticos vigentes o posibles. Y en el interior de cada uno de estos sistemas, en aquellos que lo permitan, se podría esperar que el artista político trabajase con claridad a favor o en contra de un u otra ideología, a favor o en contra de la izquierda o de la derecha política, a favor o en contra de uno u otro partido político y de uno u otro líder de partido.

Por razones sobre las que me extenderé quizá más adelante o en otro artículo, considero actualmente necesaria y útil la existencia de un arte político de signo anti-totalitario. Ofrezco a continuación una descripción del que podría ser el contenido manifiesto de un arte político provisto de semejante determinación. Tales obras de arte:

  1. Deberían oponerse activamente a cualquier intento de conversión del adversario político en enemigo (salvo que el enemigo designado sea, evidentemente, el totalitarismo mismo) y, sobre todo, a cualquier intento de agrupación de los enemigos en uno solo. Si de lo que se trata en un sistema totalitario es sobre todo de la construcción del enemigo, de lo que debería ocuparse, entonces, un arte político anti totalitario, sería de la construcción opuesta, la deconstrucción del enemigo. Para el arte político anti totalitario, en resumen, el verdadero enemigo es toda instancia política tentada de incurrir en la construcción del enemigo. Estas obras de arte político deberían expresarse manifiestamente en contra de cualquier intento de categorizar o reducir a uno solo el conjunto de los adversarios o enemigos políticos (por ejemplo, los enemigos internos de la nación, en tanto que fuerza concertada).
  2. Deberían tratar de conjurar la tendencia de las organizaciones y los poderes (políticos y de otro tipo) a escurrir el bulto de las propias responsabilidades y a derivarlas a organizaciones y poderes rivales.
  3. Deberían tratar de conjurar la tendencia de las organizaciones y los poderes (políticos y de otro tipo) a convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  4. Deberían tratar de conjurar, o en su caso, programar en contra de, la tendencia de las organizaciones y los poderes (políticos y de otro tipo) a los lugares comunes expresados bajo la forma de lemas, slogans o soflamas.
  5. Deberían tratar de conjurar la tendencia de las organizaciones y los poderes (políticos y de otro tipo) a la repetición incansable de unas pocas ideas, a menudo total o parcialmente falsas. Contra la repetición infinita de una mentira, capaz de convertirla en verdad, es necesaria la repetición infinita de las verdades y de los hechos probados.
  6. Deberían tratar de contrarrestar con rapidez y eficacia el intento de las organizaciones y los poderes (políticos y de otro tipo) de saturar el espacio político de informaciones insustanciales, con apariencia de seriedad política pero en realidad completamente banales, constantemente renovadas y puestas en circulación para desalojar de los canales los debates profundos y de fondo. Informaciones o pseudo informaciones utilizadas, en definitiva, para distraer a los receptores, desalojando del debate las cuestiones políticas fundamentales. Haciendo desaparecer del debate, por ejemplo, cuestiones como el fin del trabajo asalariado, el carácter redundante de un creciente número de trabajadoras y trabajadores, el aumento de la desigualdad o la pérdida de libertades, detrás de las cortinas de humo de, por ejemplo, una falsa opresión nacional o un falso peligro para la sagrada unidad de la nación.
  7. Deberían tratar de conjurar la tendencia de las organizaciones y los poderes económicos a considerar que sus argumentos son técnicos o científicos y por tanto no sujetos a discusión política.
  8. Deberían tratar de conjurar la tendencia de las organizaciones y los poderes (políticos y de otro tipo) a transmitir la impresión de que sus ideas son compartidas unánimemente por todo el mundo, que son de sentido común o auto evidentes.
  9. Deberían tratar de obligar a las organizaciones y los poderes (políticos y de otro tipo) a posicionarse e incluir en sus programas pronunciamientos claros en torno a los asuntos públicos más incómodos para estas mismas organizaciones. El totalitarismo de una organización política suele ser proporcional a su grado de intolerancia a la crítica y a la fiscalización de sus asuntos.
  10. Deberían tratar de desmontar los argumentos construidos por las organizaciones y los poderes (políticos y de otro tipo) a partir de informaciones sesgadas e incompletas.
  11. Deberían tratar de plantar cara a los prejuicios primordiales: el machismo, la misoginia, la xenofobia, el racismo, el supremacismo, el clasismo. Utilizados para amedrentar al disidente y socavar el derecho a la diferencia.

Un arte anti totalitario debería, en definitiva, oponerse frontalmente a los principios de la propaganda fascista elocuentemente expuestos y eficazmente puestos en práctica por el doctor Goebbels, ministro de propaganda del régimen nazi. Pues cada uno de los puntos que acabamos de exponer en el apartado anterior es el reverso casi exacto de los expuestos por este célebre tecnócrata del totalitarismo en su bien conocido programa de propaganda política nacionalsocialista. La idea es bien simple, oponer punto por punto, a la eficacia de la propaganda totalitaria de cualquier organización o individuo, la eficacia de una propaganda de signo radicalmente opuesto.

Obras de arte imbuidas de esta filosofía:

  1. Deberían tender hacia la autoría colectiva. Lo que no es conditio sine qua non.
  2. Deberían demostrar su eficacia política, tener consecuencias sobre la vida colectiva (como las tiene la propaganda totalitaria). Lo que sí es conditio sine qua non. De no tener eficacia política en absoluto o insuficiente, no podrían considerarse obras de arte político, aunque pudieran tener alguna vida póstuma como arte.
  3. Deberían no someterse a las formas de circulación instituidas, admitidas y domesticadas por el poder de tendencia totalitaria. Lo que no es conditio sine qua non. Pues existe también la fórmula de los caballos de Troya.
  4. Deberían ser obras de arte que potencialmente se pudieran hacer ingresar a la escena de la vida colectiva, podrían ser, por ejemplo, elementos de publicidad y comunicación política o de otro tipo extraídos de la vida colectiva y llevados a la institución arte para su transformación anti-totalitaria, pero susceptibles de retornar a la vida colectiva no como obras de arte sino como elementos de comunicación y propaganda mejorados, perfeccionados, en su intención política.
  5. Deberían tener un efecto contra hegemónico. Donde hay hegemonía hay riesgo de totalitarismo.
  6. Deberían tener un carácter anti-propagandístico, resultar opuestas a lo que podríamos denominar kitsch o bazofia ideológica.

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