Marx invisibilizando a los obreros

En 1997 asistí a un taller de literatura feminista en el Centro Social Okupado Labo 1 de Madrid. No recuerdo cómo se llamaba la extraordinaria mujer que lo propuso y que nos acompañó con su sabiduría en la experiencia. De muchas cosas hablamos y discutimos y recuerdo una especialmente, ella nombró, para mí por primera vez, algo que ahora siento como más que evidente. El heteropatriarcado puede ser muy sutil y desde lo más pequeño hasta los asesinatos, todo forma parte de este sistema capitalista, machista y misógino que padecemos. Como una escalera, desde el piropo a la violación y el asesinato como último peldaño. Por eso sé que cada pequeña cosa es relevante, significativa y urgente su combate,  y el lenguaje lo es y mucho.

 

En alemán, inglés, euskara o árabe, no existe distinción de género entre la palabra obrera/obrero. Arbeiter, worker, langile, لعامل

El lenguaje invisibiliza, el lenguaje mata

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Karl Marx, Das Kapital 1867

Los límites de la jornada laboral. Hemos partido del supuesto que la fuerza de trabajo se compra y vende en su valor. Este valor, como el de toda mercancía, está determinado por el tiempo de trabajo necesario para su producción. Habiendo comprado el capitalista la fuerza de trabajo en su valor diario, ha adquirido, por consiguiente, el derecho de hacer trabajar a la obrera durante todo el día. Pero ¿qué es un día de trabajo?

La jornada de trabajo varía entre límites que imponen, por una parte, la sociedad y, por otra, la Naturaleza. Hay un mínimo, que es la parte de la jornada en que la obrera debe trabajar necesariamente para su propia conservación; en una palabra, es el tiempo de trabajo necesario, hasta el cual no consiente descender nuestra organización social, sustentada en el sistema de producción capitalista. En efecto, descansando este sistema de producción en la formación de plusvalía, exige cierta cantidad de sobretrabajo. Hay también un máximum que los límites físicos de la fuerza de trabajo—el tiempo forzosamente consagrado cada día por la trabajadora a dormir, el trabajo doméstico, sostener la casa, el mantenimiento de las criaturas, cocinar, comer, etcétera—que la naturaleza no permite rebasar.

El capitalista no ha inventado el sobretrabajo. Dondequiera que una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, la trabajadora, libre o no, está obligada a añadir al tiempo de trabajo necesario para su propio sostenimiento un exceso destinado a suministrar la subsistencia del que posee los medios de producción. Poco importa que ese propietario sea dueño de esclavas, señor feudal o capitalista.

El capital, pues, sólo piensa en la formación de plusvalía sin preocuparse de la salud ni de la vida de la trabajadora.

El objeto especial, el fin real de la producción capitalista es la producción de plusvalía o la sustracción de trabajo extra. Téngase en cuenta que sólo la trabajadora independiente puede contratar con el capitalista en calidad de poseedora de la mercancía; pero la trabajadora asalariada, la trabajadora como vendedora libre de su fuerza de trabajo, debe someterse sin resistencia posible cuando la producción capitalista alcanza cierto desarrollo.

Es necesario confesar que nuestra trabajadora sale del dominio de la producción de distinta manera que entró en ella. Se había presentado en el mercado como poseedora de la mercancía “fuerza de trabajo” enfrente de poseedores de otras mercancías—mercadera frente a mercaderes—. El contrato merced al cual vendía su fuerza de trabajo parecía resultar de un acuerdo entre dos voluntades libres: la de la vendedora y la del comprador.

Concretado ya el negocio, se descubre que ella no era libre, que el tiempo en que puede vender su fuerza de trabajo es el tiempo por el cual está obligada a venderla, y que, en realidad, el vampiro que le chupa no la deja mientras quede una gota de sangre que extraer. Para defenderse contra esa explotación, es preciso que las obreras, por un esfuerzo colectivo, por una presión de clase, obtengan que un obstáculo social les impida venderse ellas y sus hijas por “contrato libre”  hasta la esclavitud y la muerte. La pomposa “declaración de los derechos de la mujer” se reemplaza en este modo por una modesta ley que indica cuándo termina el tiempo que vende la trabajadora y cuándo empieza el tiempo que le pertenece.

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Silvia Federici, Revolución en punto cero 2013

Es importante reconocer que cuando hablamos de trabajo doméstico no estamos hablando de un empleo como cualquier otro, sino que nos ocupa la manipulación más perversa y la violencia más sutil que el capitalismo ha perpetrado nunca contra cualquier segmento de la clase obrera.

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81 Feminicidios en el estado español en 2019. 9/10/2019

 

                                                                                                                 Anna Mezz

Bilbo, 2019ko Urria

 

Foto, John Jabez Edwin Mayall 1875
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