Ensayo para una Callejoneada

Hace casi un año, estaba ocupada con los últimos preparativos del viaje a México: en febrero de 2018 cambiaba de escenario y me movía a Guanajuato, lugar que me acogió durante tres intensos meses.

Ante los nervios que provocaba esta nueva experiencia, una de las cosas que me mantenía emocionalmente estable era la cantidad de información que encontraba en la web sobre la ciudad: era como una forma de familiriarizarme anticipadamente con ella.

Internet aseguraba que se trataba de una pequeña localidad con “mucho encanto” y un ambiente cosmopolita debido a la afluencia de turistas ocasionales y estudiantes algo menos casuales. Pensaba que, bueno, si eso era así, Guanajuato sería una ciudad amable para caminar (walkability que llaman).

De hecho, una de las actividades cotidianas que realizo y que más mermada he encontrado en mis viajes es, precisamente, andar; andar despreocupadamente, andar por el placer de andar y de paso hacer algo de ejercicio. Por supuesto, durante este tipo de estancias se realizan numerosos desplazamientos (hay mucho que conocer, muchas cosas que hacer), pero son trayectos que suelen hacerse en coche o en transporte público. Andar es otra cosa.

Llevaba pocos días en Guanajuato,  cuando descubrí uno de sus principales atractivos para los foráneos: la callejoneada. Se trata de una serie de recorridos que tienen lugar varias veces al día de manera casi ininterrumpida durante todo el año, en los cuales se transitan los callejones más emblemáticos de la capital.

La visita se realiza de la mano de las diferentes estudiantinas (o tunas), mientras éstas interpretan canciones populares, acompañando la voz con diversos instrumentos. Según cuentan las canciones, en estos callejones ocurrieron todo tipo de historias de desamor: el “Callejón del Beso” es, sin duda, el lugar más visitado de la ciudad.

Casualidad, tenía que pasar por el Callejón del Beso para llegar al piso que compartía con otras cuatro chicas. Al final de éste, había que torcer a la derecha y emprender una larga subida hasta la casa. Cuando me enseñaron la zona y cómo acceder del centro urbano a la casa y viceversa, mi situación se parecía más bien a esos cuentos en los que tienes que decidir qué camino escoger: el más largo, pero más seguro; o el más corto, pero ciertamente intranquilo.

Por la tarde, cuando nos reuníamos todas en la casa, las conversaciones se convertían en un compendio de consejos sobre cuándo, cómo y por dónde se hacía más fácil llegar de un punto de a otro. Incluso por qué otros callejones optar en caso de que tuviéramos que cambiar súbitamente de recorrido. Vaya, como si tuviéramos que estudiarnos el recorrido previamente, como si todas nuestras idas y venidas fueran un ensayo “prueba/error” del que pudiéramos aprender para futuras ocasiones.

Y se me atragantó la callejoneada: esa callejoneada para los visitantes, esa callejoneada para quienes no tienen que controlar el horario de entrada y salida, esa callejoneada de las guitarras, mandolinas y bandurrias, esa callejoneada sobre amor romántico,…

Por este motivo, algunas compañeras quisimos contar otras historias que sucedían en esos mismos callejones, mucho más cotidianas y reales que las viejas leyendas:

https://issuu.com/oihanesd/docs/ensayo

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s