Apuntes para un paisaje apocalíptico. Rakel Gomez Vazquez

mariatherezaalves

El Diario de a bordo de Colón narra el descubrimiento y sienta las bases de un imaginario colonial europeo profundamente ideológico, del que se empaparán posteriormente otras narraciones y que en la actualidad se sostiene. This is not an apricot (“Esto no es un albaricoque”) es una pieza que se compone de 20 acuarelas de Thereza Alves que ilustran 20 albaricoques, todos diferentes entre sí e irreconocibles como Prunus armeniaca. La artista brasileña usa la retórica de Magritte para mapear los estragos que causaron sobre las culturas originarias las andanzas europeas. Los frutos que la artista ha dibujado son vestigios de esta problemática. En una visita a un mercado enclavado en la selva amazónica, Thereza Alves observa que a diferentes frutas locales se les llama albaricoque, a pesar de que sean frutos diferentes entre sí. Esta circunstancia en la que el hacer cotidiano no depara, resulta reveladora para la mirada de la artista, cuestiones que su práctica denuncia. “Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas”, Berger( 2000) (13 Berger, modos de ver)  

Si Foucault en su ensayo “Las palabras y las cosas” dice que Magritte pone en crisis las nociones fundamentales de la pintura en occidente cuando representa una pipa y subtitula la imagen negando que aquello sea una pipa, en esta ocasión, esta contradicción entre la imagen y su representación, entre la imagen y lo original, extiende sus significados más allá de las cuestiones entre representación y representado. Las relaciones que establece nuestra mirada sobre los saberes contenidos que en la imagen se despliegan, en una estrategia propia del arte, ponen en evidencia que el mundo global de hoy recoge los frutos (valga la redundancia) de un mundo heredado. En esta pieza, en estos Albaricoques podemos cartografiar el dolor de los demás, recordando a Susan Sontag. Un mapa de la pérdida y de la devastación cultural de un continente que se viene sobre otro. Un hecho que merece recordar que sucede en un mercado, un espacio no reconocido institucionalmente como el contenedor de una verdad histórica,  y cuya la proyección expositiva en un espacio museo cierra como un ejercicio de activismo político.  

En la ilustración de las narraciones y crónicas de viaje de Theodore De Bry, posteriores al Diario de a bordo de Colón, con gran difusión y que paradójicamente nunca viajó al Nuevo Mundo, se construirá un estereotipo de Las Indias como un lugar monstruoso, exuberante y paradisíaco, que alcanza y perdura como símbolo hasta la contemporaneidad en nuestro imaginario indiano.

Que la observación de la artista brasileña devenga en un formato ilustrativo no puede ser ajena al hecho de que el s.XVI es un tiempo de exploradores, expediciones y penetración en lo desconocido que sólo se transforma en conocido después de ser representado, registrado y entonces sí, “descubierto”. La toma del mundo comienza con la toma de imágenes. Porque allí donde no las había, la determinación por poder informar con documentos que garanticen el descubrimiento urge a que lo que antes permanecía oculto sea “descubierto”. La obra de Theodore De Bry sobre las Indias es uno de los conjuntos gráficos más influyentes aunque jamás conoció el objeto representado. La representación gráfica indiana que propuso como imaginario concreto sobre el Nuevo Mundo, tiene un caracter político que exige su contextualización para ser comprendida. Así, mientras en su ilustración de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (obra de Fray Bartolomé de las Casas), expande la leyenda negra para España, en su primera parte de la serie América, narrando el descubrimiento de Virginia, hace el trabajo contrario, expandiendo la leyenda blanca para Inglaterra y sus aliados.

El creciente interés por los viajes de exploración y colonización hacia los territorios de ultramar se convertirá en material que los europeos consumen, impulsando el desarrollo de este imaginario gráfico desde una perspectiva eurocéntrica a través de la reelaboración de antiguos mitos e iconografía medieval como sirenas, amazonas y El Dorado. Para, con una realidad imaginada e idealizada, de formas anatómicas suavizadas y occidentalizadas para los indígenas, alcanzar la representación de un mundo en el que lo salvaje y lo exótico establecen el discurso basado en el binomio civilización y barbarie. Cuestión la de esta visión exótica y fantástica que marca la producción latinoamericana e invita a repensar cómo y desde dónde es gestada.   

 

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