Algunos aforismos sobre arte, artistas y arte político al estilo de Emile Cioran. Rubén Díaz de Corcuera.

Emile Cioran.

Artista es aquel que se toma el trabajo de hacer lo que otros sólo se atreverían a proyectar. El artista va tan lejos como la obra. Es decir, todo lo lejos que se puede.

Artista es aquel que crea la necesidad y su satisfacción al mismo tiempo. En los últimos tiempos la necesidad que ha creado y satisface es la de una necesidad sin satisfacción, una necesidad ansiosa, podríamos decir.

Miles de críticos aplicados durante un siglo entero a la obra de tan sólo algunos cientos de artistas. El corolario de este silogismo es la mitomanía de la modernidad, de la que todos somos víctimas.

Cientos de miles, quizá millones de artistas y tan solo algunos millares de críticos e historiadores para dar cuenta. Ignoro cuál es el corolario de este otro silogismo.

Lo que necesitan los artistas en tanto que artistas es recibir unas buenas críticas demoledoras. Ya decía Dalí aquello de: “Que se hable de uno, aunque sea bien”.

Las buenas, e incluso las malas causas, pueden convertirse en la excusa perfecta para muchos artistas mediocres. Aunque hay algunos grandes creadores de causas que merecen todo mi respeto como artistas.

Las buenas causas no sirven por lo general para hacer buenas obras de arte. O como decía mucho mejor que yo André Gide: “no se hacen obras de arte con buenos sentimientos”.

Lo plástico pertenece hoy en día casi en exclusiva a la industria, por medio de ese gigante omnívoro, el diseño, inventado por el constructivismo y la Bauhaus. El artista es a menudo la víctima final de algo que él mismo concibió y contribuyó enérgicamente a impulsar.

Observo que en torno al artista hay una industria de la exposición, como en torno al indigente hay una industria de la caridad.

El arte se ha convertido en comparsa de otras disciplinas más interesantes: la semiótica, la antropología, la sociología, las ciencias políticas y morales, etc. Más interesantes sobre todo para sus respectivas élites.

A menudo hay más cultura en un buen libro de arte, escrito por sagaces y documentados críticos e historiadores, que en todo el arte que dio origen a ese libro, sin el cual, sin embargo, aquel no se hubiera podido escribir.


La exuberancia cultural es un lujo con el que todos los totalitarismos han intentado acabar. La contribución moral de los artistas ha sido, quizá sin proponérselo, diferenciarse, diversificarse y proliferar.

Hay saberes como los que proporcionan las humanidades que te permiten sobrellevar estoicamente la inexorable miseria a la que te conducen. Pero hay otros saberes que se adquieren después de un arduo e interesado esfuerzo, saberes del estilo de una ingeniería de las telecomunicaciones. Y entonces la inexorable miseria puede resultar mucho más dura de sobrellevar. La frustración es proporcional a las expectativas.

 

Sobre arte político.

“La guerra es la política por otros medios”, decía Von Clausewitz. Lo que de ser cierto permitiría plantear la misma idea pero desde el lado opuesto: “La política es la guerra por otros medios”. Tratándose de arte político, ese es el espíritu.

El artista se vuelve político cuando se rebela contra la idea del artista políticamente ingenuo o políticamente virgen. El de la política es un club en el que quieres entrar sobre todo cuando descubres que nadie quiere que entres, y menos aún como artista.

El artista político se manifiesta igualmente en sentido contrario a lo que Z. Bauman denomina la intelectualidad parcial: artistas que sólo trabajan políticamente en la búsqueda de recursos para el arte o la cultura.

Yendo al terreno de las obras. El buen artista político es aquel que no se lo pone fácil políticamente al público. Y si se lo pone fácil es que se trata de una trampa. El buen artista político no se rebaja nunca a la propaganda política. Y si se rebaja es que se trata de una trampa.

El artista político es consciente de que se expone a la soledad política absoluta.

Al artista político se le debe juzgar sobre todo por lo estético, pero se le puede juzgar también por lo político. O al revés. No lo tengo claro.

No todo arte es político. Sólo es político el arte que se declara de intención política. Cuando uno interviene en la política, lo mínimo que espera es que se note.

Ensayando un acercamiento a un criterio de calidad sobre las obras de arte político. Podríamos decir que son buenas obras de arte político aquellas obras que resultan más irritantes a la audiencia. Cuanto más irritantes mejor.

Uno de los objetivos del arte político debe ser sin duda hacer saltar las contradicciones. 

En respuesta a la observación de Marshall MacLuhan sobre que el arte es aquello de lo que uno puede quedar impune. Eso espero, señor MacLuhan, eso espero.

Una de las capas profundas del arte político suele ser el humor. A veces es la capa más profunda y menos evidente, pero ahí está.

El riesgo evidente de politizar el arte podría ser quedarse al final sin el arte mismo, quedarse el arte en política únicamente. Para ser ecuánimes habrá que aceptar también la evidente incomodidad que experimenta lo político en el seno del arte. Pues lo político es un sistema dominante, con complejo de prima donna podríamos decir. O sea, como el arte. Y esta es una lucha que suele darse en el interior de todo arte político, la de la política contra el arte y la del arte contra la política. Por la hegemonía en el interior de la obra.

Puede ser una lucha productiva, cabe añadir.

Para acabar con el arte político, o con cualquier otro tipo de arte, basta, en general, con dejarlo al albur de las agrupaciones o asociaciones de artistas.

El artista de verdad siempre está insatisfecho, no puede aceptar ningún acomodo, no puede hallar paz ni concederla, ni siquiera a los suyos.

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