DE AQUELLO AUSTERO QUE SE HA IDO QUEDANDO.

Fragmento del texto «Aun cuando no se deja de hablar de arte.» En Arte y Monacato, Modelos Operativos Abiertos, 2018.     

DE AQUELLO AUSTERO QUE SE HA IDO QUEDANDO

Es probable que no haya nada austero que se haya ido quedando, quizás nunca haya existido esto, o puede que, al contrario, aún perviva el austero estado en el arte entre tanto ruido. Algo que restituirle, que devolverle. Acaso honestidad, humildad y silencio. Pedir esto en estos momentos resulta algo ingenuo, hasta puritano; pero no es más que un deseo por ajustar las cosas a un estado más llevadero. Lo que desvela que se está ante un estado de confusión difícil de sobrellevar.

San Agustín, cuando pensaba en qué era el tiempo, decía: «¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quisiera explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo único que digo con seguridad es que sé que si nada pasara, no habría tiempo pasado, y si nada viniera, no habría tiempo futuro, y si nada existiera, no habría tiempo presente […]»i. Con gran honradez asumía el santo la dificultad de pensar en algo tan abstracto e inmenso como es el tiempo, y aun así, dedicó un libro de sus Confesiones a tratar este asunto. ¿Cómo pensar en arte y monacato? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Pero si me preguntan debo al menos ponerme a escribir. La frase del santo Agustín deja clara una cosa, y es que es difícil abordar con la palabra algunas intuiciones, y solo queda espigarlas para ver qué se puede decir; lo que no menoscaba el sentido de la pregunta, y tampoco su resultado, que en el caso del tiempo de Agustín, plantea un pensamiento insólito dentro y fuera del cristianismo. No en vano, que San Agustín diga «lo único que digo con seguridad», aclara que algo se puede decir con seguridad.
La respuesta monacal no es más que una gran metáfora que proporciona dos herramientas genéricas que pueden servir de inspiración al arte de nuestro tiempo: una estructura de organización; una alternativa que deja fuera a la Cultura, al tiempo que potencia las posibilidades de su profundo desarrollo contra el desasosiego y contra el ninguneo de la vida en los sistemas. Y una correspondencia de la práctica con la forma de vida; la conversión de la vida en una práctica incesante. Ambas tienen que darse a la vez. Necesitan la una de la otra para poder realizarse.

Si se toma la lección que el monacato apunta desde sus orígenes, el arte puede revelarse como una actitud de lo llano. Que el arte se revele como actitud no es un asunto novedoso en su historia; lo novedoso, quizá lo diferente, estaría en una actitud de lo llano, de lo sencillo. Una actitud de reducción. Quedarse con menos, conformarse o renunciar. Esto va en contra de lo que el sistema del arte exige y en contra también de los fines que muchos artistas persiguen. Pero que el arte se convierta en algo tan reducido, tan severo como «una actitud», lo convierte en algo no difícil de mercadear, pues hoy la inmaterialidad es un gran mercado, pero sí en algo difícil de reprimir, de impedir, de exhibir. Es algo que se queda inmediatamente fuera de toda legitimación. En alguna ocasión, mi compañera Mar ha dicho algo así: «lo que nos queda es saber que el arte nos acompaña en todas las facetas de la vida». Para esto el arte no depende de nadie, y sin embargo no vale cualquier cosa. Bajo esta situación la actitud del arte se queda con lo más sencillo, desprendida de cualquier afán de éxito, al tiempo que se alza como un asunto profundo, complejo y polémico. Un asunto interior, personal; y un asunto común basado en la enseñanza. Con este ejercicio de reducción el arte puede operar atendiendo a la dimensión de lo humano y después a la dimensión de una comunidad de proximidad. Toda esta reducción infunde una situación con tintes de clandestinidad.

Sería equivocado enfocar esta cuestión del monacato y el arte como si se tratara de elaborar una ficción sobre el arte en un sistema monacal, o como si se tratara de imponer un tipo de arte frente a otros. El arte, que es un resultado, quizás habría que sustituirlo en este texto por artista, que al final es el sujeto de la acción. Efectivamente, parece que el camino que sigue el monje y el que sigue el artista, son radicalmente opuestos. A uno le lleva a desaparecer de la escena mientras que al otro le lleva a engordar su ego, a mostrarse y a ser «alguien». No se está hablando de este tipo de artista, que es el más habitual y también necesario, sino de un artista que solo cuenta con un alto grado de silencio.

Esta actitud es el austero que se ha ido entrelazando, velando y perdiendo, a veces, entre tanta demostración y despliegue, entre tanto entusiasmo. Parece que se acerca al estoicismo que describía Zambrano: «Porque el estoicismo es el único patrón que el hombre se ha dado y que coincide con el hombre mismo; es la única medida en que el hombre no intenta sobrepasarse, y en verdad es que esto nos resulta muy poco humano. En rigor es lo que pasa con todo humanismo: parece nacido de otros seres que no de hombres. Y la única explicación viable, es que proviene de un momento de desengaño, que es una contestación al poderío, a la riqueza, a la cultura. Es un: ‘pero yo me he de morir a todo esto’».ii
La escritura de este texto se ha realizado en 58 horas, repartidas entre mi salón, la biblioteca del barrio de San Francisco y la biblioteca de Bidebarrieta, en Bilbao.

i San Agustín (2016). Las confesiones. En Libro XI. (Ed. Olegario García de la Fuente). Madrid: Akal Clásica, p. 297.
ii Zambrano, María, op. cit, pp. 86-87.

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