El arte en el año 2117 (4). La interculturalidad es extrema. Un relato de Rubén Díaz de Corcuera.

Representación del mito bíblico de la torre de Babel por Pieter Brueghel el viejo.

En el año 2117 las culturas nacionales vivirán un momento de esplendor. Las literaturas escritas o habladas en lenguas minoritarias, e incluso en lenguas ya completamente extinguidas, se habrán situado al mismo nivel de difusión y conocimiento, que las literaturas en espanglish o en chinindi, los idiomas hegemónicos de la época. Aquel mismo año, por poner un ejemplo expresivo, el premio nobel de literatura recayó (o recaerá) en la señora Rediva Atlecchpuwe, única escritora y hablante viva de lengua uranina, en reconocimiento a su extensa y original obra poética, muy popular aunque íntegramente desarrollada en dicho idioma.

No sólo no se habrán cumplido, por tanto, los negros vaticinios de los apocalípticos de la globalización, la gradual reducción de la diversidad de culturas y de lenguas, el alumbramiento de una humanidad indiferenciada, a expensas del llamado espíritu de los pueblos, sus lenguas, sus costumbres y tradiciones, sus folklores, sus mitos y religiones originales.

Como era de esperar, no serán los ingentes esfuerzos de los nacionalismos, herederos políticos del romanticismo, sino los gigantescos avances experimentados en las tecnologías del lenguaje y de la traducción automática, los que finalmente harán posible tal estado de cosas.

Hacia 2075 las máquinas de inteligencia artificial dominarán finalmente todas las lenguas vivas habidas en el planeta (y algunas de las lenguas muertas, como el latín o la lengua de Tasmania, también). Fue precisamente en esta época cuando la población mundial tuvo a su alcance los servicios de SIDETRUS, el sistema definitivo de traducción universal simultánea desarrollado por las inteligencias artificiales de cuarta generación, muy superiores ya entonces a las de los seres humanos. Gracias a SIDETRUS, se produjo un punto de inflexión a partir del cual pasó a ser considerada como perfectamente normal la circunstancia, por ejemplo, de que una joven china pudiese establecer diálogo en dialecto pínghuà con una anciana tanzanesa perteneciente a la etnia bantú, de habla kirundi, e incorporar a la conversación a un niño del Amazonas, expresándose este último en su dulce lengua gê.

En resumen, a partir de tales fechas, cualquier persona de cualquier comunidad lingüística podía hablar con cualquier otra persona de cualquier otra comunidad lingüística del mundo, “without significative pérdidas in translation”. Parece ser que, al principio, los sistemas aún cometían algunos errores y que se produjeron ciertos malentendidos. Las inteligencias artificiales debieron aplicarse entonces, con su celo y diligencia característicos, a una mayor afinación de los algoritmos de desambiguación y de interpretación de las entonaciones. La capacidad de traducir figuras retóricas supuso una dificultad aún mayor, si cabe. Pero todo aquel esfuerzo fue coronado finalmente por el éxito.

A finales del siglo XXI los seres humanos quedaron, en consecuencia, plenamente liberados de las derivas negativas del plurilingüismo. A saber: aislamiento e incomunicación, por un lado, aculturación e imperialismo cultural, por el otro. Cuando SIDETRUS estuvo funcionando a pleno pulmón, todo ser humano sobre la tierra pudo, finalmente, abandonarse con pasión, sin miedos ni complejos, a la expresión y a la recepción de impresiones, ideas y conocimientos en su lengua primaria, cualquiera que esta fuese. Con la seguridad, dado el caso, de encontrar interlocutor en otro ser humano, sin importar su adscripción nacional o lingüística, y recibir una réplica inteligible. O, en el mejor de los casos, recibirla del propio sistema.

Los Estados, o lo que quedaba de ellos, asumieron entonces no sólo como inevitables sino también como completamente inofensivas, las migraciones humanas, los desplazamientos prolongados de particulares e incluso de grupos más amplios. Ninguna identidad basada en una lengua podía ya verse amenazada por la sobreabundancia invasiva de ninguna otra. En ausencia de aquellas viejas amenazas nunca más fueron necesarias las anticuadas medidas de proteccionismo y autodefensa cultural. Igualmente pasó a carecer de sentido cualquier intento opuesto de dominio.

Estos avances concretos en el campo de las lenguas no tuvieron, por contra, excesiva repercusión en el mundo del arte. Todo lo que se había escrito o pronunciado (y registrado por algún medio), a lo largo de la historia cultural de la humanidad, sobre el arte, pasó a ser inmediatamente asequible a las comunidades lingüísticas de todo el planeta. Pero todo lo que se había escrito o pronunciado (y registrado por algún medio), a lo largo de la historia cultural de la humanidad, sobre el arte y sus obras se había demostrado a menudo incapaz de agotar su sentido. El arte había resultado ser aquella actividad humana o sobrehumana abierta a una interpretación sin límite. Y las obras de arte verdaderas habían resultado ser aquellas que siempre habían desafiado a la interpretación, ganando siempre. O casi siempre.

 

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