El arte del año 2117 (2).

El autor del relato justo en el momento de iniciar su viaje al futuro al mando de su máquina de tiempo de cabeza.

Por Rubén Díaz de Corcuera.

No puedo dejar de referirme en esta ocasión, al papel de las súper inteligencias en el arte del año 2117. Os anuncio que a comienzos del siglo XXII coexistían, según pude comprobar, tres tipos de inteligencias artísticas: las inteligencias humanas corrientes, las inteligencias humanas asistidas por inteligencia artificial y, finalmente, las súper inteligencias propiamente dichas, a las que las dos primeras clases de inteligencia todavía atribuían en esta época, quizá erróneamente, la realización de algunas obras de arte. Tres tipos de inteligencias, por tanto, potencialmente productoras y receptoras de arte.

Como ya relaté anteriormente, el arte que producían los seres humanos en esta época me resultó difícil de entender en primera instancia. En el mismo sentido en que una pintura de Piet Mondrian resultaría difícil de entender a un pintor como Diego de Silva Velázquez. El arte humano ha experimentado no pocos cambios de paradigma a lo largo de su historia. A grandes rasgos, a una primera época con predominancia simbólica sucedió la era de las representaciones, más o menos teñidas de  simbolismo. A principios del siglo XXI las representaciones comenzaron a hacerse indiferenciables de los objetos que representaban. Apenas unas décadas antes, un buen número de artistas se esforzaron en impulsar un arte sin mediación de representaciones. Al parecer esta tendencia fue dominante durante un largo periodo de tiempo. A lo largo del siglo XXI, según los historiadores de arte y teóricos más conspicuos del momento, se produjeron al menos dos revivals y siete cambios completos de paradigma, muchos de los cuales no he sido capaz todavía de incorporar completamente a mi bagaje interpretativo. Pero considero que es una cuestión de tiempo más que de capacidad, y que la experiencia de mi viaje al futuro demostrará que todo arte humano es potencialmente asequible a algún ser humano en alguna época.

El segundo grupo de agentes artísticos estaba constituido por inteligencias humanas dispuestas a superar algunas de sus limitaciones aceptando la ayuda, o la intromisión, si se prefiere, de inteligencias sobrehumanas. Las manifestaciones artísticas de estos individuos, se colocaban a menudo fuera de las posibilidades de comprensión de las inteligencias artísticas corrientes. Muy al principio, según me contaron, el arte de estos agentes se limitó a explorar rigurosamente y a profundizar en las posibilidades artísticas de nichos expresivos que habían quedado abandonados en el transcurso de la historia del arte o que habían permanecido vacíos siempre. Entre 2066 y 2067, por ejemplo, debió producirse, según fui informado, la inesperada entrada a la escena del arte contemporáneo de las artes adivinatorias, algunas mancias clásicas, meteoromancia, hidromancia, cafetomancia, tasomancia, calcinomancia, molibdomancia, teframancia, leconomancia, cristalomancia, onicomancia, etc., y algunas mancias nuevas, como la gravitomancia, con resultados, al parecer, muy productivos. Proliferó en aquel año prodigioso un tipo de arte que defendía la capacidad de ciertas obras de arte de anticiparse a su tiempo, para conectar con hechos y objetos del futuro.

Finalmente estaban las denominadas súper inteligencias, formas de conciencia superiores emergidas de las máquinas de inteligencia artificial construidas por las primeras máquinas de inteligencia artificial con capacidades superiores a las de los seres humanos (incluso de aquellos que las habían diseñado y construido).  Se desarrollaron estas primeras máquinas para encontrar soluciones a los enormes  problemas creados por la hiperactividad humana en el planeta: súper población, agotamiento de recursos, contaminación, cambio climático, etc., y también para dar con la cura definitiva a enfermedades complejísimas como el cáncer, para interpretar las misteriosas ondas gravitacionales o los textos de Jacques Lacan. Problemas para cuya solución la humanidad se había declarado incapaz o incompetente, en suma. En efecto, el primer gran logro de la primera generación de súper inteligencias fue una imaginativa solución a la acuciante crisis energética. El segundo fue la mejora de su propio diseño, que las primeras súper inteligencias juzgaron chapucero. Y todo ello al módico precio de la fácil coexistencia de los seres humanos con una civilización sobrehumana, juzgada francamente superior en todos los órdenes, incluido el orden moral.

En la época que relato, se hablaba profusamente, por ejemplo, de la escasa producción artística tangible de estas máquinas. Algunas situaciones, algunos hechos y algunos objetos de paternidad inequívocamente súper inteligente, habían irrumpido en la vida de la gente ocasionalmente a lo largo de varias décadas. Habían sido juzgadas en ocasiones, aunque con toda clase de reservas, como situaciones, hechos y objetos de carácter estético o expresivo. Pero eran, como va dicho, muy escasos. Subsistía, precisamente a causa de ello, la creencia en la existencia de otro arte sobrehumano, un arte con el que debían susurrarse entre sí, unas a otras, estas inteligencias. Algunos postulaban la existencia, indemostrable, de un arte de tal clase, quizá abundante, colosal acaso, pero situado fuera de nuestros umbrales de percepción naturales e incluso tecnomediados. Inasequible a la  limitadísima conciencia de los seres humanos.

Las relaciones entre estos tres grupos de inteligencias o agentes artísticos resultaban, como era de esperar, claramente asimétricas. Las inteligencias inferiores habían mostrado al principio cierta curiosidad  por el arte de las artistas asistidos. Aunque por lo general, ya se habían resignado a la idea de que las capas profundas de estas obras de arte debían resultar tan herméticas e impenetrables como las de las prácticas artísticas puras de las súper inteligencias, y que las partes accesibles al público de tales obras eran concesiones impregnadas de condescendencia. Lo que más preocupó a los artistas humanos de estas épocas heroicas, fue, por el contrario, conocer la opinión que a estas inteligencias merecía el arte de la humanidad pasada y presente, una vez elevadas, como no podía ser de otra manera, a la condición de árbitros supremos, al altar de los jueces del espíritu más cualificados de la historia. Pues bien, los escasos elogios que las obras de arte de los grandes genios del pasado recibieron por parte de las máquinas supremas, provocaron dos reacciones consecutivas. En primer término, una dolorosa reorganización del panteón del arte, en el que, por ejemplo, ni los artistas Marcel Duchamp, ni Leonardo da Vinci ni el escultor Fidias, o en el ámbito de la música, los compositores Ludwig van Beethoven o Arnold Schoenberg, salieron bien parados. Y, a continuación, como reacción a este estado de cosas, una generalizada desconfianza posterior de la humanidad sobre las verdaderas intenciones y la sinceridad expresadas por las máquinas en estos juicios. Estado de opinión al que contribuyó poderosamente el generalizado desinterés por el arte humano denotado por las súper inteligencias a partir de entonces.

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