“Epifanías urbanas”. Exposición Carlos Garaicoa en Azkuna Zentroa.

De un tiempo a esta parte, en las prácticas artísticas se ha venido apreciando una inclinación cada vez mayor hacia lo urbano, centradas en la calle como natural punto de encuentro con el resto de miembros de la comunidad. Y es en este lugar donde nuestra subjetividad, protegida entre las paredes del hogar, entra en confrontación con las demás y transforma nuestra manera de relacionarnos. La idea de calle como espacio de transformación ha formado parte del ideario  artístico desde hace décadas. Según el ensayista y arquitecto Francesco Careri, las excursiones a los lugares más banales de París organizadas por Dadá en 1921 serían la primera vez que «el arte rechaza los lugares reputados con el fin de reconquistar el espacio urbano».[1] No obstante el espacio de lo común no ha dejado de resignificarse, y es por ello que todavía sigue siendo un momento idóneo  para trabajar en esta idea. Lo cotidiano nos ofrece numerosas problemáticas; ya sea acerca del binomio de lo público y lo privado, la reafirmación de lo sumiso ante el discurso hegemónico, u otras de las muchas cuestiones que genera la vida en sociedad y que sería imposible enumerar aquí.

En este imaginario podemos encontrar al artista cubano Carlos Garaicoa, que hasta el 14 de mayo introduce en la antigua Alhóndiga de Bilbao ciertas reflexiones traídas de las calles de diferentes ciudades (Madrid, Barcelona, Bilbao, La Habana…) con un recorrido a través de tres instalaciones.

Desde el principio la calle de Bilbao queda introducida en la sala. Representada con las celebradas baldosas bilbaínas cubriendo la superficie de la vasta sala de exposiciones, y cuyo diseño de roseta simboliza a la ciudad a través de los artículos de las numerosas tiendas de souvenirs, junto a la imagen del museo Guggenheim y el adorado Puppy. Una proyección en la primera estancia (que enlaza la muestra de Garaicoa con la exposición de Taxio Ardanaz y Leandro Feal) presenta un archivo de fotografías tomadas a innumerables tapas de registro (o, para entendernos, de alcantarilla o instalaciones eléctricas), y propone la iconografía que vendrá a repetirse en la próxima estancia. En ella encontramos ubicadas en el suelo varias de estas tapas imitando la estética institucional de las que encontramos en la calle, pero cambiando sus inscripciones por mensajes irónicos: una tapa de registro cableado eléctrico con una gráfica de consumo ascendente, otras para la instalación de semáforos son el mensaje S.O.S… Podría decirse que las piezas juegan con la idea de monumento, que ya no se erige triunfante sino que está en el suelo para ser pisoteado. Pero sin dejar por ello de remarcar el discurso hegemónico.

Llena el ambiente la música de la siguiente instalación, que levanta sobre el suelo de adoquín una tarima de hormigón en torno a la cual se extienden numerosos atriles, dispuestos en un hemiciclo a modo de orquesta sinfónica. Sobre cada uno de ellos se sitúa una partitura y una tablet que deja ver un vídeo donde intérpretes tocan en la calle. Cada atril tiene su propia partitura e intérprete. La música en cuestión proviene de esa tarima, donde una instalación de vídeo de tres canales combina entre sí las piezas musicales de los atriles, formando una minuciosa composición.

Por último, la tercera instalación me deja con una sensación extraña. La entrada a la estancia está custodiada por un guardia jurado que me obliga a quitarme los zapatos y calzarme unas bolsitas de plástico. La explicación ofrecida es para no dañar, al pisarlas, unas alfombras cargadísimas de aura. Éstas imitan el pavimento de ciertas calles de la Habana donde se inscriben mensajes comerciales en el suelo, y que Garaicoa reelabora para componer nuevos textos. Con esta instalación; la exposición, en la que antes se nos incitaba a pisar los adoquines y las tapas de registro,  adquiere un carácter restrictivo. El suelo es ahora una sagrada pieza de museo. Si no cara por lo simbólico, sí encarecida por el derroche continuo de bolsitas para los pies.

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Según el crítico y comisario Martí Manen, es bueno que en una exposición exista una contradicción, algo que rompa el ritmo, que desorganice.[2] Las alfombras de Garaicoa rompen el hechizo en el que nos había sumergido el resto de la muestra. Nos hacen reflexionar acerca de si la calle es un espacio público. O si por el contrario pertenece al poder, que utiliza este espacio como medio de consumo y de dominación.

 

[1] Careri, Francesco. Walkscapes. El andar como práctica estética. Editorial Gustavo Gili. Barcelona. 2003, pág. 22

[2] Manen, Martí. Salir de la exposición (si es que alguna vez habíamos entrado). consonni. Bilbao. 2017, pág. 49

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