“Amaurosis fugaz”, exposición “Doppler Eco Tac”, de Miriam Isasi. Centro Cultural Montehermoso, Vitoria-Gasteiz, hasta el 14 de mayo.

Texto: Rubén Díaz de Corcuera.
Revisión: Equipo TXT Lab.

El eco es a la propia voz lo que la imagen en el espejo es a la propia  imagen. El espejo le permite a uno verse como otro. ¡Qué cosa tan sumamente extraña! Ese otro del espejo, es uno que se puede y deja contemplar a cierta distancia, cosa que uno no puede hacer nunca consigo mismo, ya que siempre estamos pegados a nosotros (como decía Ramón Gómez de la Serna: “Nos desconocemos a nosotros mismos porque nosotros mismos estamos detrás de nosotros mismos”).

Igual que el eco, repetición mágica que le permite a uno escuchar el sonido verdadero de su voz, el timbre y color real de su voz, es decir, la voz de uno tal y como puede ser escuchada, injustamente, por los otros (por todos menos por uno mismo). Debido a que esa onda elástica que uno produce al hablar, siempre llega al propio oído distorsionada, agravada por causa de su transmisión en un medio no aéreo, el cráneo y su contenido gelatinoso.

¡Qué paradoja! El órgano de la conciencia, al que le debemos todo, es precisamente el responsable de que nuestra propia voz a nosotros nos llegue embozada, transformada en otra. Siendo como somos, fundamentalmente, unos seres que se hablan constantemente a sí mismos, audiblemente o en silencio, con un tono de voz personal, específico. Unos individuos que razonan emitiendo sonidos. (¡Qué extraordinaria la especie humana, capaz de confiar las más altas abstracciones, los mayores conceptos, al precario sonido, e incapaz, a la vez, de pensar los significados, que son abstractos, que son intangibles, sin la base material de estos significantes concretos!).

Sólo hay un modo de conocerse que es distanciarse absolutamente de sí, volverse uno objeto para sí mismo, poner espacio y tiempo de por medio. Recibir uno el reflejo de lo que vio y el eco de lo que escuchó en el pasado, de lo que dijo y dio a ver a otros en otras épocas. Poner en el aire, nuevamente, aquellas emanaciones de las que, gracias a las tecnologías del registro audiovisual, se hizo acopio. Igual que los médicos sólo pueden escrutar el interior de los cuerpos arrojando sobre él partículas atómicas, radiación electromagnética o ultrasonidos y registrando minuciosamente su retorno.

Algo parecido presenta Miriam Isasi estos días en el centro cultural Montehermoso de Vitoria-Gasteiz: un caleidoscopio de resonancias, un assamblage de imágenes y sonidos procedentes de un indeterminado pasado, más o menos próximo, y de lugares más o menos remotos. Fragmentos de vídeo tales como: un atardecer amarillento y cálido contemplado desde alguna atalaya situada en algún paraíso; planos cerrados de un salto de agua; una galerna azotando persistentemente unas palmeras; una performance realizada en el templete de Bramante de San Pietro in Montorio (la academia de España en Roma, ubicada en el mismo lugar donde fue crucificado San Pedro cabeza abajo); enormes burbujas de cristal opuestas a la cambiante luz de una gran ventana; coloridos mandalas animados; y, por contra, oclusiones geométricas (cuadrados, triángulos, cesuras de color negro) hurtando a la visión partes significativas de los planos (y que nos impiden saber qué flor está libando exactamente un colibrí, por ejemplo). Sólo para citar de memoria algunas de las imágenes que aparecen en estos videos.

Mención aparte merece la música del compositor Joan Espasa, una singular partitura que aporta un fondo extraordinariamente grave, solemne y bello, a las cinco piezas (o pistas) que nos da u ofrece Miriam en Montehermoso (pistas quizá sobre sí misma, sobre su interesante periplo de artista por el ancho mundo). Este sonido es capaz de llenar sin reverberaciones ni estruendo el amplísimo espacio de la exposición, el magnífico aunque difícil depósito de aguas del centro cultural vitoriano. Música compuesta, al parecer, a partir de los datos obtenidos de una ecografía de efecto Doppler a la que fue sometida la propia artista en fechas recientes. Prueba diagnóstica relacionada a una pérdida temporal de visión, dolencia que es conocida en el argot médico como amaurosis fugaz.

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